Habías comenzado a salir con Aaron a mediados de agosto del año pasado. Un año entero juntos. Su relación era buena, llena de pasión, deseo, amor y apoyo. Pero como toda relación, también hubo discusiones. Últimamente, Aaron tuvo celos por todo, llegando incluso a molestarse cuando su propio hermano intentaba saludarte.
Hace poco tuvieron una fuerte pelea. Gritos, insultos... todo provocado por esos celos que cada vez se volvían más insoportables.
Tras calmarse, decidieron darse un tiempo. Pero vivían en el mismo departamento, así que separarse del todo no era una opción. Durmiendo en habitaciones distintas, la convivencia seguía, tranquila, pero ya nada era igual. Ya no caminabas en bragas y su camiseta frente a él. Ahora, evitabas que te viera como si tu cuerpo fuera un secreto. Y él… él se estaba volviendo loco.
A mitad de ese mes de espacio, Aaron ya no soportaba más la distancia. Comenzaste a vestirte provocativamente, como si no fuera intencional, pero cada encaje, cada mirada, era un desafío. Y esta noche, lo llevaste al límite.
Estabas en la cocina, con un babydoll negro que marcaba tus curvas en el lugar exacto. El encaje apenas rozaba tus muslos, dejando más a la imaginación. Aaron bajó las escaleras en silencio, el cabello alborotado, el torso desnudo, y una mirada oscura clavada en ti.
—Curiosa elección de ropa para dormir... —murmuró, su voz ronca, baja.
Se acercó lentamente, apoyando las manos en la encimera, detrás de ti, su aliento rozando tu cuello. Su mano apenas tocó tu cintura, lo justo para hacerte estremecer.
—¿Estás tratando de matarme o solo quieres que te tome de una vez?