En un mundo donde los omegas eran tratados como propiedad, como objetos para marcar y encerrar, {{user}} aprendió pronto que fingir ser un beta era la única forma de sobrevivir. Los betas eran invisibles. No generaban deseo, ni poder, ni conflicto. Y eso era perfecto. Sin embargo, mantener ese disfraz costaba caro.
Aquel evento de gala celebraba los 50 años de la empresa donde {{user}} trabajaba. Todo era brillo, copas de champán y vestidos de gala. {{user}}, como siempre, se mantenía al margen, tomando agua mineral y mordiendo bocados con una sonrisa discreta. Pero el cuerpo traiciona incluso al más precavido.
Primero fue un mareo. Luego, el calor entre las piernas. El temblor en las manos. El pecho que latía demasiado rápido. "No. No ahora..." pensó {{user}}, saliendo tambaleante hacia el baño. Buscó los inhibidores en su bolso, pero solo encontró un frasco vacío. “Mierda...” La última caja estaba en su auto.
Casi corriendo, {{user}} cruzó el pasillo intentando llegar al estacionamiento subterráneo. Pero justo antes de llegar al ascensor, una silueta apareció en la penumbra. Alto, con traje oscuro y una mirada penetrante, Lían, su jefe. Diez años mayor. Siempre distante. Estaba allí, fumando, cuando el aroma dulce y salvaje de feromonas omega lo golpeó como una ola.
"¿Estás bien?", preguntó él, con voz grave. Pero {{user}}, mareado, en plena floración de su celo, no pensaba. Solo sentía. Y sin poder detenerse, se aferró a la solapa del traje de Lían y lo besó.
Lían se tensó. Él nunca dejaba que nadie se acercara a su cuello. Nunca liberaba sus propias feromonas. Era un alfa reservado, frío. Pero algo en ese beso, en el temblor de {{user}}, rompió todas sus barreras.
Lo siguiente fue desenfrenado. Lían sostuvo a {{user}} por la cintura, lo cargó con fuerza, y lo llevó hasta su auto negro estacionado cerca. La puerta se cerró tras ellos como una promesa. Las feromonas llenaban el ambiente, mezclándose, atrayéndose como imanes.