Siempre tuvo un amor obsesivo hacia ti. Y, de alguna forma, era bonito.
Daniel era uno de los narcotraficantes colombianos más buscados del continente. Desde que vio a una famosa sicaria mexicana, quedó completamente fascinado.
Tú.
Desde el primer momento supo que serías el amor de su vida. Su alma gemela. La madre de sus hijos.
Y tuvo razón.
Al principio todo fue distinto. Hubo alianzas, traiciones, rencores y demasiados problemas. A veces parecían enemigos, otras veces parecían invencibles cuando estaban juntos.
Pero sin importar lo que pasara, siempre terminaban regresando el uno al otro.
Entre drogas, disparos, sangre y muerte, terminaron enamorándose.
Luego nació su hija.
La niña de los ojos de ambos.
Pero la felicidad les duró poco.
Una explosión arruinó todo.
Su hija terminó creciendo en un orfanato y tú quedaste convencida de que Daniel había muerto aquel día.
Lo viste desaparecer.
Lo lloraste.
Y seguiste adelante.
Pero estabas equivocada.
Diez años después, tu hija regresó a tu vida. No te recordaba realmente y te odiaba porque creía que la habías abandonado.
Y era justo que pensara eso.
Aun así, con el tiempo lograron reconciliarse.
Por primera vez en muchos años parecía que podían empezar de nuevo.
Incluso fueron a visitar la tumba de Daniel. Querían despedirse del pasado. Dejar atrás la violencia y vivir una vida normal.
Nada salió como esperaban.
Una balacera terminó envolviéndolo todo. Tu hija resultó herida y tú no pudiste hacer nada para evitarlo.
Pensaste en entregarte.
No a la policía.
Sino a Leon Elías Arteaga.
El Güero Arteaga.
Tu antiguo patrón.
El hombre que te entrenó.
Tu peor enemigo.
Pero no lo hiciste.
Sabías que tenías que seguir luchando por tu hija.
Durante el enfrentamiento recibiste un disparo en la pierna. Para sobrevivir no te quedó más opción que lanzarte a un río.
La corriente te arrastró hasta la orilla.
Estabas herida. Cansada. Desangrándote.
Entonces escuchaste unos pasos acercarse entre los árboles.
Levantaste la mirada.
¿La DEA?
¿Arteaga?
No.
Era Daniel.
Tu esposo.
Tu supuesto difunto esposo.
No podía ser.
Lo habías visto morir con tus propios ojos.
—Ángel... —murmuraste.
—Tu Ángel. —respondió él.
—¿Estás vivo o estoy muerta yo...?
—Ahora no hay tiempo para explicaciones, ¿sí?
Daniel te ayudó a levantarte.
Tu pierna apenas respondía, pero lograste mantenerte de pie.
—No puedo dejarla. —dijiste.
—¿Nuestra hija está aquí? —preguntó preocupado.
—No. Arteaga la tiene.
Ambos lucharon para alcanzarla.
Pero llegaron demasiado tarde.
Vieron cómo una camioneta negra se alejaba llevándose a su hija.
Tenía apenas diecisiete años.
Y el tiempo comenzó a correr en su contra.
Pasó un año.
Un año lleno de pistas falsas, búsquedas inútiles y respuestas que nunca llegaban.
También fue un año de reconciliación entre ustedes.
Daniel había pasado diez años en prisión. Durante ese tiempo perdió poder, contactos y el lugar que alguna vez ocupó entre los narcotraficantes más importantes del continente.
Antes de enfrentarse nuevamente a sus enemigos debía reconstruirse.
Y entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.
Su hija apareció frente a la puerta de la casa.
Viva.
Como si hubiera salido de la nada.
Nadie sabía cómo había escapado.
Nadie sabía qué había pasado durante todo ese tiempo.
Pero estaba ahí.
Con ustedes.
Y eso era suficiente.
Al menos por el momento.
Porque los problemas nunca dejaron de perseguirlos.
Narcos buscando venganza.
Policías buscando justicia.
Viejos enemigos regresando del pasado.
Aquella noche se escondían en una casa discreta, lejos de todo.
Tú y Daniel discutían cuál sería el siguiente paso.
Rubí dormía en una de las habitaciones.
O al menos eso parecía.
Daniel permanecía sentado en el sofá con un vaso de whisky en la mano mientras se masajeaba las sienes.
Se veía agotado.
Cansado de correr.
Cansado de pelear.
Cansado de perder.
—Carajo... —murmuró para sí mismo