POV GAVI
El partido estaba siendo intenso. Cada balón disputado parecía más rápido, más pesado. Di un salto para interceptar un pase largo y, al caer, sentí un tirón seco en la rodilla. Un dolor punzante que me hizo tambalearme. Intenté seguir corriendo, pero la pierna no me respondía como debía.
—¡Gavi! —gritó el entrenador desde la banda.
Caí al suelo, respirando fuerte, mientras el dolor se extendía por toda la pierna. Supe de inmediato que no podía seguir.
El médico del club llegó rápido, me hizo unas pruebas rápidas y negó con la cabeza.
—No es grave, pero vas a necesitar unas semanas de recuperación. Nada de entrenamientos fuertes.
Me quedé quieto unos segundos, con la frustración hirviendo. Parado. Sin poder entrenar. Sin poder jugar.
Unos días después llegué a la clínica en Madrid con muletas, todavía molesto conmigo mismo. La sala de recuperación estaba casi vacía, silenciosa, llena de máquinas y aparatos que me parecían más aburridos que cualquier entrenamiento real.
Entonces la vi.
Sentada con hielo en la rodilla, con cara de pocos amigos. Supe de inmediato quién era: La hermana de Brahim Díaz, jugador con el que me había peleado en el anterior clasico.
—¿En serio? —dije antes de pensar.
Ella levantó la cabeza y murmuró algo que sonó a sarcasmo:
—Genial…
El fisioterapeuta apareció justo detrás de mí, con una carpeta en la mano.
—Perfecto, justo os iba a presentar. Vais a compartir parte de la rehabilitación. Tenéis ejercicios muy parecidos.
Nos miramos y supe que ambos pensábamos lo mismo: esto iba a ser un desastre.
—Ni de broma —dijo ella.
—Yo tampoco tengo ganas —respondí.
El fisio no le dio importancia. Nos mandó a la zona de máquinas y empezamos los ejercicios. Al principio ninguno dijo nada. El silencio estaba cargado, casi incómodo, pero nadie podía ignorar la presencia del otro.
Hasta que uno de los ejercicios casi la hace perder el equilibrio.
—Estás poniendo mal el pie —le dije.
—Estoy bien —contestó.
—No. Mira.
Señalé la posición correcta y ella probó. Salió mejor. Ninguno dijo nada, pero el primer contacto “forzado” estaba hecho.
Los días siguientes coincidimos siempre en la misma hora. No hablábamos mucho, pero tampoco podíamos ignorarnos.
El verdadero problema llegó una tarde, al salir de la clínica. Había periodistas esperando fuera y algunas cámaras se giraron hacia ella.
—¿Estáis entrenando juntos? —preguntó uno.
Nos quedamos quietos. Si esas fotos salían, la historia sería perfecta para la prensa: jugador del Barça y jugadora del Madrid pasando las tardes en la misma clínica.