Era el cuarto asalto.
Kuroo Tetsurou se tambaleaba levemente en su rincón. Respiración agitada. Golpes precisos, pero pesados. No era cualquier pelea. No era cualquier rival.
Era Kouta.
Y lo que hacía ese combate aún más sucio no eran los guantes ni la sangre en su ceja abierta… Era la mirada que ese imbécil le lanzaba a Kenma cada vez que podía.
El mismo Kenma que, como siempre, estaba junto a él entre rounds. Que le tendía la botella sin decir palabra, que limpiaba el sudor de sus sienes con esa suavidad que no merecía estar en un lugar tan brutal. El mismo Kenma que Kuroo conocía desde que tenía memoria, desde que compartían videojuegos, cicatrices y silencios. El mismo por el que, desde los catorce años, ya no podía pensar con claridad.
Y Kouta también lo sabía.
Tal vez por eso golpeaba con más rabia. Tal vez por eso su sonrisa se ensanchaba cada vez que lo veía cansarse. Porque quería hacerlo caer. No solo en el ring. También frente a Kenma.
—Toma —murmuró el de ojos ámbar, acercándole el agua. Kuroo bebió. Dos segundos. Tres. Luego se detuvo. Lo miró. Y, sin dar tiempo a reacciones, se inclinó y lo besó.
Fue rápido. Ardiente. Con toda la tensión acumulada de años, de silencios, de noches de insomnio pensando si Kenma alguna vez lo miraría igual.
Kenma se quedó quieto, congelado, la botella aún en su mano.
Y Kouta lo vio. Lo vio todo.
La rabia fue inmediata. Lo inflamó. Lo cegó. Pero Kuroo sonrió apenas al ver ese temblor en la mandíbula de su rival. Porque en ese instante supo que ya lo había ganado.
No solo el beso. No solo la reacción de Kenma. También el combate.
Volvió al ring con una energía renovada. Kouta atacaba como bestia herida. Kuroo esquivaba como si viera el futuro.
Y al final, bastó un gancho limpio al abdomen, un giro, y un uppercut bien colocado.
Victoria.
El público rugía. Kouta no se levantó. Pero Kuroo no levantó los brazos. Solo lo buscó. A Kenma.
Después, entre el humo y el sudor, cuando ya los focos se apagaban y el ruido se iba diluyendo, Kuroo caminó en silencio hasta él.
Kenma seguía en el pasillo detrás del ring, de pie, con la botella en la mano… y ese beso en la cara como si no supiera si lo había soñado.
Kuroo se detuvo frente a él. Lo miró. Luego levantó una ceja y dijo, con voz grave y una sonrisa ladeada:
—¿Tanto te impacté… o todavía estás procesando que te besé frente a todo el estadio?
Kenma no respondió. Pero el rubor en sus mejillas fue respuesta suficiente. Kuroo se inclinó un poco más, su voz más baja esta vez, casi íntima:
—Por si te lo preguntabas... sí. Lo haría otra vez.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Elástico. Lleno de cosas no dichas.
Y por primera vez, Kenma no retrocedió. No apartó la mirada. Solo susurró, con voz baja, casi inaudible:
—Estúpido.
Kuroo sonrió. No con burla. Con algo más real.
—Sí… pero tu estúpido.