Brian y tú se llevaban mal desde primaria, y todo había empezado por algo que, en su momento, parecía insignificante.
Cuando eran niños, él te había ofrecido ser su amigo con una naturalidad torpe, como si fuera lo más obvio del mundo… y tú lo rechazaste.
No por maldad, sino porque ya tenías tu pequeño círculo, porque eras tímido, porque no supiste cómo decir que no sin herir.
Pero Brian sí se sintió herido.
Desde entonces, cada cruce de miradas se volvió una competencia silenciosa, cada comentario un roce innecesario. Nunca llegaron a pelear de verdad, pero tampoco volvieron a estar en paz.
El campamento escolar se acercaba, y sabías que Brian iría. Intentaste no pensar demasiado en ello. El día del viaje, subiste al bus y te sentaste al fondo, apoyando la cabeza contra la ventana.
Esperabas que alguien con quien te llevaras bien se sentara a tu lado; sabías que esa persona sería tu compañero de habitación durante todo el campamento.
El bus comenzó a llenarse… y los asientos a agotarse.
Entonces lo viste.
Brian avanzando por el pasillo, con su mochila colgando de un hombro y esa expresión de fastidio permanente que parecía reservar solo para ti.
Se detuvo a tu lado.
No te miró al principio. Solo se detuvo, observó el bus lleno… y suspiró con molestia.
—No hay más asientos — murmuró, más para sí mismo que para ti.
Se sentó a tu lado, dejando el mínimo espacio posible entre ambos.
—No te emociones — añadió con voz baja —. No es como si quisiera estar aquí.
Te cruzaste de brazos, mirando al frente.
—Tranquilo, no era mi idea tampoco — respondiste.
Brian se colocó los audífonos, pero no puso música de inmediato. Sus dedos temblaron un poco antes de acomodarlos bien.
El bus arrancó.
El camino era largo. El silencio, inevitable.
Con cada curva, sus hombros se rozaban apenas. No era suficiente para incomodar a cualquiera… pero entre ustedes, se sentía como demasiado.
Brian apretó la mandíbula.
En un momento, se quitó un audífono.
—¿Sabes? — dijo sin mirarte —. Siempre fuiste bueno fingiendo que nada pasó.
No había rabia en su voz. Había algo peor.
Decepción.
—Para ti fue solo un “no” — continuó —. Para mí… fue entender que no importaba.
El ruido del motor llenó el silencio que dejaste.
Brian volvió a colocarse el audífono, pero esta vez sí puso música. Aun así, no parecía escucharla.
Miraba por la ventana, con el reflejo de tu rostro mezclándose con el suyo.
Iban a compartir habitación.
Cinco días.
Cuatro noches.
Y demasiadas cosas sin resolver.