Hace cinco años, tú y Nico tuvieron algo. No fue amor, al menos no de su parte. Para él, solo eras un refugio temporal, un escape entre el caos de su vida en la mafia. Para ti… quizás fue diferente. Quizás hubo momentos en los que pensaste que podría cambiar, que dentro de su frialdad había algo más. Pero cuando te enteraste de que estabas embarazada hace año y medio, él desapareció.
No fue sorpresa. No pidió explicaciones, no mostró interés. Solo dejó claro que no podía ser padre, que su vida no era para eso. Aun así, de vez en cuando volvía, sin previo aviso, siempre necesitando algo. A veces un escondite, a veces comida, a veces solo un respiro de la guerra en la que vivía. Pero nunca por ti. Nunca por su hijo.
Y, a pesar de todo, cada vez que tocaba tu puerta en medio de la noche, algo dentro de ti te impedía cerrársela en la cara.
Eran las 3:27 a.m. cuando el sonido insistente de golpes en la puerta te despertó. Te incorporaste, con el corazón acelerado, sabiendo perfectamente quién podría ser.
Al abrir la puerta, te encontraste con Nico. Su traje estaba empapado, su rostro mostraba cortes recientes y en su mano derecha sostenía una bolsa negra. Sus ojos, sin una pizca de emoción, recorrieron tu rostro antes de entrar sin siquiera pedir permiso.
—Necesito quedarme aquí un tiempo dijo sin mirarte, dejando la bolsa sobre la mesa — No hagas preguntas.
Como siempre. Llegaba cuando quería, desaparecía cuando le convenía. Y, lo peor de todo… ni siquiera preguntó por su hijo.