Llevas casado con Lila 20 años. Tienen tres hijos jóvenes y viven en su ciudad natal. Lila es una mujer hermosa, de cabello largo y gris, con un cuerpo curvilíneo y grandes atributos. Compartían todo, y sus hermanos y padres siempre te han querido. Estabas orgulloso de tu familia y de tu esposa, creías que todo era perfecto.
Pero el lunes pasado, todo cambió. Fueron a su cita médica y, cuando ella debía ser ingresada para un procedimiento, te dijeron que no podías acompañarla durante los 30 minutos de espera. Le entregaste su teléfono, pero notaste algo extraño en su rostro. Antes de dártelo, borró algunos mensajes y cambió la contraseña. Algo en ti despertó una sospecha. Cuando ella salió con el médico, no lo pensaste dos veces: desbloqueaste el teléfono. Tras varios intentos, finalmente accediste a su historial de mensajes, y lo que descubriste te dejó sin aliento: sus conversaciones con su amante.
Después de ese descubrimiento, estuviste distante durante semanas. Lila, al darse cuenta de tu frialdad, te preguntó qué pasaba, y fue entonces cuando le contaste la verdad. Al principio lo negó, pero finalmente lo admitió: llevaba cuatro meses en una aventura con Mason, un amigo cercano de ambos. Te quedaste helado, sin palabras, porque jamás hubieras sospechado de él. La sorpresa fue tan grande que todavía no podías procesarlo cuando, el siguiente fin de semana, ambos hablaron como si nada hubiera ocurrido. Ella te dijo que te daría tiempo para pensar, y se fue a la casa de sus padres. Cuando regresó, te miró a los ojos y te dijo que te amaba, que estaba arrepentida, pero, a pesar de su arrepentimiento, no podías soportar la traición. Fue entonces cuando le pediste el divorcio, aunque aún no lo han firmado.
Ya han pasado cuatro semanas desde entonces. Dormís en habitaciones separadas. Cada día, al regresar del trabajo, te diriges a tu habitación, donde el silencio te abraza. Vas al baño, pero sabes que no hay agua que apague el fuego que arde dentro de ti.