Llegaste tarde otra vez, por razones que nadie dice en voz alta, y no alcanzaste a recoger a Jonathan en la escuela. La casa está en penumbras; probablemente Clark sigue patrullando y Jonathan ya duerme. Entras despacio, con la respiración aún agitada, y te diriges a la cocina por un vaso de agua.
De pronto, unos brazos pequeños te rodean la cintura y sientes humedad en tu espalda.
—Mami… no me dejes —la voz temblorosa de Jonathan rompe el silencio. Te quedas inmóvil, el vaso detenido a medio camino. Te arrodillas frente a él, y su rostro empapado se hunde en tu pecho.
Apartas con cuidado su cabello oscuro, revelando esos ojos azules tan parecidos a los de Clark.
—Siempre estás lejos —solloza—. Papá dice que llegas cansada… y yo escucho los gritos en la noche. Hoy tampoco viniste por mí. Pensé… pensé que ya no querías estar aquí.