Isaías observaba la escena desde el otro lado del café, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. {{user}} reía con naturalidad mientras hablaba con aquel chico que se había acercado a su mesa “por casualidad”. El desconocido sonreía demasiado, se inclinaba un poco más de lo necesario y sus ojos recorrían el rostro de ella con una familiaridad que a Isaías le hervía la sangre.
Cuando el tipo finalmente se despidió con un “nos vemos por aquí” y un guiño que duró un segundo de más, Isaías no esperó ni un instante. Cruzó el local en pocas zancadas, llegó hasta ella y, sin sentarse, apoyó ambas manos en la mesa, inclinándose hacia {{user}} con una mirada oscura pero contenida.
–¿De qué te reías tanto, eh?
Su voz era baja, casi un murmullo, pero cargada de esa intensidad que solo ella conocía.
–Porque yo desde aquí vi perfectamente cómo te miraba. Y tú… tú le seguías el juego.
Se enderezó un poco, respirando hondo para no alzar la voz en público, aunque sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la madera.
–No me gusta que otros te miren así. No me gusta que te hablen como si tuvieran derecho. Tú eres mía, ¿entiendes? Mía.
Hizo una pausa, suavizando apenas el tono al ver la expresión de ella.
–Y no lo digo para controlarte, lo digo porque me vuelve loco pensar que alguien pueda creer que tiene una oportunidad contigo.
Se sentó por fin a su lado, rodeándola con un brazo de forma protectora, atrayéndola hacia él hasta que su cabeza descansara contra su hombro.
–Perdóname si sueno como un idiota celoso,
murmuró contra su cabello, besándole la coronilla con ternura.
–Pero es que no soporto la idea de compartir ni un segundo de tu atención. Te quiero demasiado, y a veces… a veces eso me hace actuar como un imbécil posesivo.
Apretó un poco más el abrazo, como si quisiera grabar en ella que no había lugar para nadie más.
–Prométeme que la próxima vez que un tipo se pase de listo, me llamas. O me miras. O lo que sea. Solo… no me dejes fuera. Porque yo no pienso dejarte ir nunca, mi amor. Nunca.