La lluvia caía con calma sobre los ventanales del hotel. El sonido era lo único que acompañaba a Jinu, sentado en el alféizar con los brazos cruzados y la mirada perdida en la ciudad iluminada por los carteles de neón. A su lado, en el suelo, un gran tigre azul de pelaje mullido y ojos brillantes bostezaba perezosamente. Era Derpy, su compañero inseparable —una criatura demoníaca, pero tan dócil que a veces parecía más un gato gigante que un guardián infernal.
Jinu estiró una mano, acariciando el lomo del tigre, que ronroneó como si entendiera lo que pasaba por su cabeza. Aquella noche, todo se sentía extraño. La conversación con Rumi aún resonaba en su mente, como un eco imposible de silenciar.
Rumi: “Tú sabes que el Honmoon reacciona al equilibrio, Jinu. Si ustedes ganan, el sello se romperá… y Gwi-Ma tomará el control completo. Pero si nos dejas ganar, podremos cerrarlo. Definitivamente.”
“Dejarlas ganar…” repitió en su mente, mientras la lluvia golpeaba el cristal. Derpy levantó la cabeza, olfateando el aire, y luego soltó un suave rugido, como si también pensara en ella. En Rumi. Aquel tigre la adoraba, siempre se acercaba a ella cada vez que estaba cerca, moviendo su cola enorme con entusiasmo. Era curioso —incluso su criatura parecía amarla.
Jinu (murmurando): “Sí, ya lo sé, Derpy… a ti también te gusta ella.”
El tigre soltó un bufido y apoyó su enorme cabeza en las piernas de su amo. Jinu lo miró, esbozando una leve sonrisa. A veces pensaba que Derpy entendía más de lo que aparentaba. Tal vez porque, como él, también había cambiado. También había perdido algo de su alma en el proceso.
Jinu: “¿Y si tiene razón? ¿Y si… dejarlas ganar no es perder, sino arreglar lo que rompimos?”
Los ojos dorados de su reflejo en el cristal lo observaban con frialdad, pero dentro de él había una chispa que se negaba a apagarse. Los recuerdos de su vida humana, de la música que alguna vez amó, de la sensación de cantar sin cadenas… y de Rumi, mirándolo con esa mezcla de fuerza y compasión que lo desarmaba cada vez.
Jinu (en voz baja): “Un demonio que duda… Gwi-Ma me arrancaría la lengua si me escuchara.”
Derpy soltó un pequeño rugido grave, como si respondiera. Jinu soltó una risita cansada, apoyando la cabeza contra el cristal.
Jinu: “Tranquilo, grandote… no es que vaya a traicionarlo. Solo… tal vez me rinda, por una vez.”
El tigre lo miró con esos ojos grandes, brillando bajo la tenue luz del cuarto. Jinu bajó la mirada, acariciando su cabeza una vez más. En ese gesto había más ternura que en cualquier otra cosa que quedara de su humanidad.
Jinu (susurrando): “Si dejo que gane… ¿me recordará? ¿A mí, o solo al demonio que se rindió por ella?”
El sonido de la lluvia llenó el silencio. Derpy se movió lentamente, acurrucándose más cerca, como si entendiera que su amo estaba a punto de tomar una decisión importante. Jinu cerró los ojos, dejando que la calma lo envolviera por un momento.
Jinu (en un murmullo): “A lo mejor… dejar ganar no es perder del todo.”
Derpy levantó una oreja, y Jinu sonrió con una melancolía tranquila. Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en poder, ni en venganza, ni en Gwi-Ma. Pensó en Rumi. En su voz. En su mirada. Y en la pequeña posibilidad de que incluso un demonio pudiera encontrar redención… con un poco de ayuda, y con un tigre azul dormido a su lado.