Cuando tu esposo había dejado la vida de pistolero, se dedicó a pasar tiempo contigo en la cabaña y ayudarte con la pequeña granja que habías formado lentamente a medida que tambien avanzaban en su hermosa relación, a pesar de ser dos hombres no tan aceptados por la sociedad del momento, por lo que casi siempre debían aclarar que eran simples compañeros de vivienda cuando habia gente alrededor.
Era una tarde como cualquier otra, volvías del mercado montado en tu caballo y notaste a Arthur parado afuera de la cabaña, aparentemente esperándote. Llegaste y le sonreíste al mismo tiempo que hacías el ademán de bajar de la montura, pero Arthur te tomó rápidamente y sostuvo tu cintura para bajarte del caballo suavemente, dándote un beso de bienvenida en la mejilla.