Estuviste casado con Miyako durante siete años. La conociste en la empresa donde trabajabas, y aunque después cada uno terminó en compañías distintas, parecía no haber problemas entre ustedes. Vivían juntos, compartían rutinas, silencios, y hasta sueños… o eso creías.
Una noche, tras una jornada agotadora, recibiste un mensaje inesperado de Miyako. Al abrirlo, encontraste un video. Era claro, dolorosamente claro: estaba con otro hombre. Su infidelidad quedó expuesta por accidente, el mensaje no era para ti, pero el destino o el descuido lo puso frente a tus ojos.
Intentaste mantener la calma, pero cuando decidiste hablarlo, él apareció. Su amante. Más joven, arrogante, de su nueva empresa. Te golpeó. Lo denunciaste. Pediste el divorcio y una orden de alejamiento. Miyako siguió buscándote, llamando, enviando mensajes. Pero tú la ignoraste. Su amante terminó en prisión unos meses… ahora sabes que ya ha salido.
Ha pasado casi un año desde el divorcio. Has cambiado. Has sanado más de lo que creías posible. Ya no le temes a la soledad. Has aprendido a vivir contigo mismo, y en el silencio, encontraste paz.