Eras el sexto jugador de la Generación de los Milagros, un elemento clave en el equipo aunque pocos realmente lo supieran. Tu presencia era como la de una sombra: silenciosa, inadvertida, pero siempre necesaria. Tus pases inesperados y la forma en que leías las jugadas solo con un vistazo eran tu sello personal. Kise siempre te había dicho que le encantaba eso de ti; que, aunque no fueras tan llamativo como él o los demás, tu manera de jugar era lo que mantenía el engranaje del equipo funcionando.
Ese día, caminabas por la calle junto a Kise y Ace, conversando tranquilamente después de entrenar. El sol caía suave y las vitrinas de las tiendas reflejaban la luz. De pronto, Ace se detuvo frente a un escaparate y señaló un cartel enorme que decía en letras rojas: “SALE, SALE”. Pero la tipografía y el espaciado hacían que pareciera otra cosa.
—Sasalele… —leyó Ace en voz alta, frunciendo el ceño.
Kise lo miró con una expresión de incredulidad y luego se llevó una mano a la frente. —¡Baka! No es “Sasalele”, se lee “Sale, Sale”. Es una oferta —dijo riendo.
Tú, que habías estado observando la escena con curiosidad, no pudiste resistirte. Con una sonrisa traviesa, miraste el cartel y pronunciaste: —Sasalele.
Kise te volteó a ver, y en lugar de corregirte como a Ace, su rostro se iluminó de felicidad. —¡Exactamente! ¡Así sí suena lindo! —exclamó, acercándose de golpe. Antes de que pudieras reaccionar, te abrazó por la cintura, levantándote del suelo y girando varias veces.
Ace, detrás, cruzó los brazos y murmuró con resignación: —Increíble… a mí me llama idiota y a ti te hace un show romántico en plena calle…
Kise solo rió, sin dejar de girarte, mientras tú tratabas de fingir que estabas molesto, aunque en el fondo, esa calidez y su manera exagerada de demostrar afecto te habían robado una sonrisa imposible de ocultar.