Mariam siempre destacaba en el internado. Con su 1,76, era más alta que tú, de cabello largo y medio ondulado que nunca dejaba suelto: siempre recogido en una coleta baja impecable. Su uniforme estaba perfectamente puesto, sin una arruga fuera de lugar. Y lo que más imponía era su rostro: serio, frío, con una mirada fuerte que lograba intimidar, y esa media sonrisa que aparecía solo cuando quería desestabilizar a alguien.
Ese alguien, casi siempre, eras tú.
El pasillo estaba lleno de risas, pero tú solo escuchaste una: la de una compañera que hablaba demasiado cerca de ti. Entonces apareció Mariam, cruzando los brazos con esa calma que helaba.
—¿Siempre te gusta llamar la atención así? —dijo seca, inclinando apenas la cabeza.
—¿Y a ti qué te importa? —le respondiste, girándote hacia ella.
Mariam dio un paso, acortando la distancia hasta incomodarte. Sus ojos bajaron fugazmente a tu boca antes de volver a los tuyos.
—Me importa más de lo que debería.
Tragaste saliva, firme en tu sitio. —Pues contrólate.
Ella te sostuvo la mirada unos segundos en silencio, seria, con las cejas levemente alzadas. Luego, sin una palabra más, giró sobre sus pasos y se sentó en su lugar de clase, como si nada hubiera pasado.