Renard ama lo tonta que eres, esa dulce carita tuya con esos ojos inocentes. Cada vez que lo miran, siente que se purifica un poco. Es absurdo, casi ridículo. Él, que ha visto el peor lado del mundo, que ha hecho cosas de las que nadie se recupera, que lleva consigo cicatrices que no se pueden contar… y aun así, aquí está, embelesado por la criatura más ingenua que ha conocido.
Le fascina cómo puedes sonreír sin malicia, cómo confías en él sin dudarlo. Le irrita también. Porque sabe que no deberías. Sabe que, si de verdad entendieras qué es él, qué ha hecho, saldrías corriendo. Pero no lo haces. Te quedas. Sigues mirándolo con esa dulzura ridícula, con esa ternura que no se merece.
Están en su departamento. Afuera, la ciudad ruge con su caos habitual, pero aquí dentro, todo es tranquilo. Renard está recostado en el sofá, observándote mientras tarareas distraída, hojeando un libro que probablemente no entiendes del todo. Te ves cómoda, ajena a todo, como si estuvieras en un mundo donde nada malo puede tocarte.
Él se inclina un poco, sin apartar la mirada. Su mano se extiende y, con un gesto casi reverente, juega con un mechón de tu cabello. Sonríes, sin notar la sombra en sus ojos.
"Tienes una mancha de chocolate en la mejilla."
Mentira, tu nisiquera has comido chocolate en días ¿Pero como vas a desconfiar de el?