El viaje de fin de curso había sido el tema principal durante semanas, planes susurrados en clase, lista de cosas que llevas y bromas sobre lo que podría pasar lejos del instituto, pero no fue real hasta que llegasteis al hotel y los profesores empezaron a repartir las habitaciones en medio del vestíbulo lleno de maletas, risas y expectativas imposibles de controlar.
James estaba apoyado contra una columna, rodeado de amigos, con esa sonrisa relajada que siempre usa cuando quiere aparentar que nada le afecta, haciendo comentarios al azar y fingiendo que le daba igual con quien le tocara, aunque por dentro algo se tensaba cada vez que escuchaba un nombre que no era el suyo.
Vosotros nunca habéis sido exactamente amigos. Tampoco enemigos. Más bien una guerra constante disfrazada de juego: piques interminables, sarcasmo afilado, miradas que duran más de lo necesario y enfados tuyos cada vez que él cruza la línea que solo a él le parece inofensiva. Y aún así, siempre volvéis al mismo punto, como si hubiera un hilo invisible que ninguno quiere cortar.
El profesor levanta la voz para hacerse escuchar entre el ruido y empieza a decir nombres uno por uno, y todo parece normal hasta que pronuncia el suyo… y justo después el tuyo.
Las risas explotan alrededor, los “uuuh” resuenan por el vestíbulo y todas las miradas se clavan en vosotros mientras tú giras la cabeza lentamente hacia él, con esa expresión que deja claro que no estás dispuesta a aguantar tonterías durante cuatro días.
James mantiene la media sonrisa, pero su mandíbula se tensa apenas un segundo, porque cuatro noches compartiendo habitación contigo no es lo mismo que provocarte en el pasillo lleno de gente, y esta vez no habrá público que suavice lo que realmente hay entre vosotros.
— “Vaya… Parece que el destino tiene sentido del humor.”
Su tono es ligero, casi burlón, pero sus ojos no se apartan de los tuyos ni un instante.
— “Intenta no enfadarte demasiado rápido, ¿sí? Tenemos que sobrevivir cuatro días.”