Faltaban solo 17 días para Halloween, y como todos los años, tú y Miguel habían acordado comprar disfraces compartidos. Pero esta vez no querías lo mismo de siempre; querías algo diferente, algo creativo y sobre todo gracioso. Así que pasaste horas buscando en Internet, comparando precios y viendo ideas hasta que encontraste algo que te hizo soltar una carcajada instantánea. Era perfecto.
Miguel estaba en tu casa, como siempre —ya la confianza entre ambos era total—, cuando entró con un paquete en las manos.
—¡{{user}}, al parecer te llegó un paquete! —gritó desde la sala.
Bajaste las escaleras emocionada, casi tropezando de la emoción, y tomaste la caja mientras Miguel te miraba con curiosidad.
—¡Sí, es, sí es lo que pedí! —dijiste sonriendo de oreja a oreja.
Miguel intentó asomarse para ver el contenido, pero tú lo detuviste rápidamente y corriste al baño con la caja en brazos. Él se recargó en el sofá, cruzando los brazos, mirando hacia la puerta.
—¿Por qué tanto misterio, cielo? ¿Tiene que ver con Halloween? —preguntó entre risas.
—¡Te va a encantaaar! —gritaste desde dentro del baño.
Pasaron unos minutos y, cuando por fin saliste, lo hiciste casi bailando, mostrando con orgullo tu nuevo disfraz: una enorme cucaracha marrón con antenas incluidas. Posaste con emoción frente a él, esperando su reacción.
Miguel se quedó en silencio unos segundos… y luego estalló en carcajadas.
Tú lo miraste con cara de pocos amigos.
—¡Oye! ¡No te rías! Quería que estos fueran nuestros disfraces —reclamaste haciendo un puchero.
Miguel, entre risas, apenas podía hablar, mientras tú seguías parada ahí, una cucaracha indignada pero adorable.