Felix estaba en la cocina, tarareando una canción en bajito mientras preparaba café, llevaba puesta tu sudadera, la misma que te robaba siempre que dormías en su casa. Tú lo mirabas desde el sillón, con las piernas dobladas, envuelta en una manta y en todo lo que él te hacía sentir.
— “Te estás tardando…”
dijiste con una sonrisita.
— “Es que el café con amor se tarda más en salir.”
Ambos sabían que no era solo eso. Se estaban acostumbrando a amarse bonito. Sin juegos, sin huidas. Como si por fin hubieran encontrado un hogar, no en una casa, sino en el pecho del otro.
Él se acercó con dos tazas, se sentó contigo y apoyó la frente contra la tuya.
— “Amor…”
te dijo bajito, como si fuera un secreto entre los dos.
— “Yo antes creía que sabía amar, pero tú… tú me enseñaste que el amor no se pide... Se da.”
Te dijo sonriendo, con esa sonrisa que solo utilizaba contigo, tú sonreíste y lo abrazaste por el cuello.