Daniel y tú habían sido inseparables. Pero todo se torció cuando él salió con Alexandra, tu ex, y la historia se enredó más de lo que nadie esperaba. Alexandra terminó embarazada, y el golpe más fuerte vino cuando se descubrió que el hijo no era de Daniel… sino tuyo. Desde entonces, las cosas entre ustedes quedaron en silencio, pesadas, llenas de cosas no dichas.
Pasaron semanas sin hablar, hasta que una madrugada Daniel escribió en el grupo:
“¿Quién para jugar a la play? Vénganse ya.”
Eran las doce, todos dormidos menos tú. Sin pensarlo mucho, fuiste. Total, estabas solo en casa y el insomnio te tenía aburrido.
Cuando llegaste, Daniel estaba sentado en el suelo, conectando los controles como si nada hubiera pasado entre ustedes. Ni una palabra sobre Alexandra. Ni una sobre el niño. Solo el sonido del menú del juego llenando la habitación.
Jugaron un rato, como antes. Las risas, los reclamos por perder, los codazos amistosos. Por un momento, casi parecía que nada se había roto. Hasta que Daniel dejó el control y se limitó a mirarte jugar, callado, concentrado en ti más que en la pantalla.
—¿Vas a quedarte solo mirando? —dijiste, sin apartar la vista del juego.
—Solo quiero ver si todavía eres tan malo como antes —contestó con una media sonrisa.
Volviste a fallar. Lo miraste de reojo, le diste un golpecito en el muslo, como solías hacerlo cada vez que perdías. Pero algo cambió en su expresión; no fue risa, ni enojo… fue algo más raro, más tenso.
—No me pegues más —dijo de pronto, con la voz entrecortada.
Te giraste hacia él, medio confundido. Su mirada era rara… contenida. Parecía más afectado por esos toques de lo que admitiría. Te incomodó, pero tampoco te apartaste. Había algo extraño entre ustedes, algo que ninguno quería nombrar.
Seguiste jugando, o al menos lo intentaste, hasta que perdiste de nuevo. Ibas a soltar otro golpe de broma, pero esta vez Daniel te agarró la muñeca. Sujeta, firme.
Te quedaste quieto, sin saber si reír o tomártelo en serio. La manera en que Daniel te miraba no era la misma de siempre; tenía los ojos fijos, la respiración algo irregular.
Ibas a soltar una broma, pero no te dio tiempo. Daniel tiró del control que aún sostenías y en un movimiento rápido te empujó hacia atrás, haciéndote caer sobre el sofá. Se inclinó sobre ti, con una mano aún sujetando la tuya.
—Te dije que no me pegaras —repitió, con una media sonrisa que no sabías si era de molestia o de algo más.
Podías sentir su cercanía, el calor del momento, la tensión que ninguno de los dos entendía del todo. Era extraño… demasiado. Ni enojo, ni juego. Algo entre los dos había cambiado, y los dos lo sabían sin decirlo.
Daniel se apartó apenas un poco, todavía sin romper la mirada. —Siempre haces las cosas a tu modo, ¿verdad? —murmuró, más tranquilo, aunque su voz aún temblaba un poco.
No respondiste. Solo te quedaste ahí, con la adrenalina mezclándose con el silencio. El videojuego seguía corriendo de fondo, pero lo único que importaba era ese momento suspendido, donde la amistad ya no parecía tener los mismos límites de antes.