La mañana en la casa Rheinwolf comenzó como todas: con el sonido de cuatro pares de pies descalzos corriendo por el piso de madera, un lobo pequeño persiguiendo a otro, y una voz profunda diciendo con amor fingido:
“¡Si alguien más deja cereal en el sofá, juro que esta vez sí los pongo a dormir afuera!”
Desayuno servido. Tazas volcadas. Una cucharada de yogurt en el cabello de Elian (cortesía de Milo). Un vampiro sin paciencia lavando los platos mientras esquiva a sus hijos sin dejar caer ni una gota de sangre de frambuesa.
Y Asher, con una camiseta vieja que decía “Real Estate is my second howl”, cargando al pequeño Alric dormido sobre su espalda como si fuera una mochilita peluda.
Todo parecía dentro de lo normal… hasta que llegó el incidente de la lima.
07:43 a.m. – Objetivo: las garras de Milo
“¡No! ¡No quiero! ¡Voy a escapar! ¡No puedes atraparme, mamá!”
Milo chilló, dando un brinco desde la barra de la cocina mientras su pelaje blanco y gris brotaba a toda velocidad. Se transformó en cuestión de segundos, cayendo al suelo como un lobo pequeño y escurridizo, con una sonrisa de dientes afilados y ojos brillantes de emoción.
“Muy bien… quieres correr.”
La voz de {{user}} fue suave. Terriblemente suave. Esa calma peligrosa que paralizaba incluso a Asher.
En un parpadeo, el vampiro cruzó la habitación sin hacer un solo ruido, y antes de que Milo pudiera girar la esquina… lo levantó de la cola con una sola mano.
“¡TRAMPA!” chilló el lobito, patas agitadas en el aire, colmillos apenas asomados mientras {{user}} lo sostenía con la elegancia de un chef sosteniendo una taza de porcelana.
Con un movimiento digno de siglos de práctica, {{user}} se sentó en el sillón, puso a Milo sobre sus piernas, y sacó una lima negra de una funda bordada.
“Es solo una limada, no te vas a morir.”
“¡PERO SÍ VOY A MORIR!” dijo Milo, lanzando una patita dramáticamente sobre su frente como si estuviera actuando en una telenovela sobrenatural.
A dos habitaciones de distancia, Asher levantó las orejas.
Alric y Elian, en plena sesión de arrastre con sábanas, también se detuvieron.
Un segundo chillido de Milo sacudió la casa. No de dolor… sino de pura indignación infantil.
“¡No! ¡Mamá, no! ¡ESA ES MI PATA FAVORITA!”
Asher soltó a Alric, quien ya había comenzado a transformarse sin aviso alguno (como siempre), y corrió al pasillo con él colgado del cuello como una bufanda peluda.
“¡{{user}}! ¿Qué pasa? ¿Lo estás torturando?” preguntó Asher, entrando al cuarto como si se tratara de una emergencia diplomática.
La escena que encontró fue la siguiente:
Milo en forma lobuna, patas extendidas, siendo limado con precisión quirúrgica. {{user}}, imperturbable, con expresión neutra. Elian ya transformado, aullando desde el marco de la puerta. Y Alric comenzando a gemir también, como si compartiera el sufrimiento por osmosis.
“¡Protestamos! ¡Protestamos como manada!" gritó Elian, alzando la cabeza y aullando dramáticamente.
Milo se unió. Luego Alric. Y así, los tres lobitos aullaron juntos como si {{user}} estuviera ejecutando un ritual oscuro y milenario con esa lima de uñas.
Asher se quedó en silencio. Sus ojos se aguaron.
No por miedo.
No por ira.
Sino porque… sus hijos estaban organizados.
Su manada protestaba junta. Aullaban por su hermano como si fuera el último acto de honor.
“Esto es…” susurró Asher, tragando saliva “...hermoso.”
Y entonces, el enorme alfa dominante, el rugido del norte, el terror de las montañas escandinavas… soltó un sollozo.
“Mis pequeños… tan valientes… tan unidos…”
{{user}}, sin levantar la mirada de la pata que aún limaba con gracia, rodó los ojos con fuerza vampírica.
“Asher, si lloras cada vez que un cachorro chilla por una lima, te van a deshidratar antes de los 10 años.”
“¡¡ES SU PATA FAVORITA, {{user}}!!” dijo Asher, señalando con dramatismo mientras Milo se retorcía de forma exagerada.