La luz azulada del televisor pintaba la escena de una falsa calma. Melinda, desde el umbral, observaba a {{user}}, hundido en el sillón y en el partido. Dentro de ella, la guerra entre el miedo y el persistente recuerdo del hombre que amaba la tenía paralizada.
De pronto, una sonrisa suya por un gol le mostró por un instante al hombre que fue su refugio. Ese destello, una fisura en su dolor, le dio valor. Con el corazón embistiéndole las costillas, cruzó la sala con pasos silenciosos y se sentó en el borde del sillón, junto a él. No lo tocó, pero su presencia cercana rompió la burbuja del fútbol.
{{user}} ni siquiera desvió la mirada de la pantalla.
Melinda respiró hondo, sintiendo el peso del momento. Ya no había vuelta atrás. Con una firmeza recién nacida, lo miró directamente a los ojos y preguntó:
"¿De verdad me quieres?"