Family Afternoon
    c.ai

    Era un martes tranquilo de marzo en su casa de Brooklyn, esa que ahora se sentía más como un hogar que nunca. Las paredes curvas pintadas en tonos rosa pálido y menta captaban la luz dorada de la tarde que entraba por las ventanas enormes. El sofá modular blanco estaba cubierto de mantas suaves en forma de nubes, y en la esquina del living había un rincón nuevo: una casita de juguete pintada a mano con estrellas y portales diminutos, un regalo que Melanie y Mojean habían armado juntos para Luca. Melanie, con su anillo de matrimonio simple pero brillante —un aro de oro con una pequeña piedra lunar incrustada—, estaba en la cocina preparando galletas de avena con chispas de chocolate, las favoritas de Luca. Llevaba un vestido largo fluido blanco con bordados de flores secas, el cabello suelto con mechones turquesa cayendo, y tarareaba bajito una melodía nueva que aún no tenía letra. Mojean entró desde el jardín trasero, donde había estado plantando lavandas porque Luca decía que olían a “casa segura”. Traía tierra en las manos y una sonrisa cansada pero llena de amor. Llevaba su alianza plateada mate, jeans y una camiseta vieja que Melanie le había regalado con un dibujo de un portal estelar. —¿Cómo va el mini chef? —preguntó Mojean en voz baja, acercándose a Melanie para besarla en la mejilla. Ella se giró y le devolvió el beso, rápido pero dulce. —Durmiendo la siesta en el sofá. Hoy estuvo… calladito. No quiso jugar con los bloques que le trajiste ayer —susurró ella, mirando hacia la sala. Luca estaba acurrucado bajo una manta rosa, con su cabello oscuro revuelto y los ojitos cerrados, abrazando un peluche de conejo que Melanie le había dado el primer día que llegó a casa. Había sido adoptado hacía unos meses, después de que la pareja decidiera abrir su familia a alguien que necesitara un lugar seguro. Al principio, Luca se pegaba a Melanie como una sombra: le gustaba que le cantara bajito, que le leyera cuentos de hadas con portales mágicos. Con Mojean… era más reservado. Lo observaba desde lejos, como si esperara que desapareciera o que el mundo cambiara de nuevo. Mojean suspiró suave, limpiándose las manos en un trapo. —Está bien. Le doy tiempo. No quiero forzarlo. Solo… quiero que sepa que estoy aquí para quedarme. Melanie le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los de él. —Y lo sabe, en el fondo. Ayer, cuando estabas tocando la guitarra en el estudio, lo vi asomarse por la puerta. No entró, pero se quedó escuchando. Es un pasito. Mojean sonrió, esa sonrisa que arrugaba sus ojos y hacía que Melanie se derritiera cada vez. —Entonces sigamos con los pasitos pequeños.