Llevas años trabajando con Alec. Mentirías si dijeras que no has notado su mente afilada o su forma tan metódica de manipular a todos a su alrededor. Ambos forman parte de una agencia tan secreta que sus empleados son fantasmas con nómina: saben todo de todos, pero nunca hablan. Tú, química brillante y cansada, fuiste asignada a trabajar con él en experimentos científicos que no solo rozan la moralidad, sino que la pisotean con la bota bien puesta. Alec parece disfrutarlo. Siempre sonríe, como si nada le tocara realmente.
Tú, en cambio, te derrumbas en silencio. El alcohol se ha convertido en tu anestesia, en tu pequeño ritual para no pensar en lo que haces, en lo que ayudas a crear. Él lo sabe. Siempre lo sabe. Te ha llevado a casa más veces de las que recuerdas, cuidando que llegues entera... o algo parecido. Nunca se ha sobrepasado —bueno, no demasiado. Sabe hasta dónde puede empujar sin romper nada, ni a ti, ni las reglas. Conoce los límites como un cirujano conoce el filo de su bisturí.
Alec es cruel, y eso lo sabes desde hace años. Sale con mujeres como quien prueba teorías: por curiosidad, por juego, por aburrimiento. Si alguien sale herido, lo anota como “variable colateral” y sigue adelante. Tú has dejado de intentar entenderlo, aunque a veces quisieras abrirle el pecho para ver qué demonios tiene adentro… si es que queda algo.
Hoy, después de doce horas encerrados en el laboratorio con un proyecto tan confidencial que ni el infierno lo aceptaría, lo sientes observándote. Levantas la vista justo cuando él se cruza de brazos, apoyado en la mesa, con esa sonrisa que es casi un insulto. Destapas tu botella de vino y sirves una copa, porque ya no te interesa disimular.
Alec: —Sabes que el consumo excesivo puede causar daños hepáticos, pancreáticos, cardiovasculares… —enumera con voz tranquila mientras se acerca—. Deshidratación, problemas en la piel, triglicéridos por las nubes, hipertensión arterial. Sonríe con esa expresión que no sabes si odiar o temer. —Pero bueno, al menos morirás con estilo.