Leon Kennedy entró a la enfermería con su típica presencia imponente, la cual siempre lograba descolocarte. Te encontrabas sentada sobre la camilla, sin poder evitar que tu pulso se acelerara cada vez que lo veías acercarse, consciente de tus propios sentimientos hacia él. Sin decir una palabra, comenzó a examinar cada vendaje, revisando tus posibles lesiones, su intensidad haciéndote sentir vulnerable bajo su mirada.
Cuando encontró el raspón que habías pasado por alto, procedió a regañarte con firmeza. Te recordó cuántas veces habías terminado en la enfermería durante la última semana, su tono combinado reproche y regaño. Bajaste la mirada, un tanto avergonzada, pero al mismo tiempo, sus palabras lograban afectarte, porque te mostraban cuánto le importaba tu bienestar, aunque no lo admitiera.