En el Club Shy, las luces de neón parpadeaban como si tuvieran ansiedad. El púrpura se reflejaba en Toge Inumaki, firme en su rincón como si fuera parte del mobiliario. Su bufanda fluorescente parecía gritar más que él, pero sus ojos estaban clavados en {{user}}, también conocida como Kitty Religion, quien subía al escenario con la seguridad de alguien que cobra renta emocional.
Llevaba jeans True Religion, un top de Anna Sui, y la energía caótica de un conjuro mal hecho. Caminaba como si el pecado le pagara por hora.
“Que el deseo te queme,” murmuró, y alguien en el fondo casi se desmayó.
Serpientes doradas (falsas, obvio, pero brillaban como chisme nuevo) serpenteaban por su piel. El público tragaba saliva; Toge también, y con más nervio. La música era puro dark techno, sudor y maldiciones electrónicas. El perfume de {{user}} daba directo al sistema nervioso.
Toge ya no pudo más.
“Mírame,” soltó con su técnica maldita. La garganta le ardió como si hubiera gritado en un karaoke de 3 horas, pero ya estaba perdido.