Tú no habías nacido como los demás. No tenías infancia, ni recuerdos cálidos, ni madre que te arrullara. Fuiste un proyecto, una creación. Slade reunió fragmentos de lo mejor y lo peor de la humanidad: ADN de soldados endurecidos en la guerra, espías invisibles, científicos brillantes, luchadores indomables. Todo mezclado en un laboratorio clandestino, incubado en un vientre artificial, alimentado no por amor, sino por tubos y máquinas. Cuando abriste los ojos por primera vez, viste a Slade. No como padre, ni siquiera como maestro, sino como dueño. Él fue la primera voz que escuchaste, la primera figura que reconociste, el primero en decirte qué hacer. Nunca cuestionaste nada; no sabías qué era cuestionar. Tu nombre nunca existió. Para él eras solo un recurso. Más tarde, cuando comenzaste a moverte por las sombras, te llamó Magnolia. Una ironía cruel: una flor delicada para un arma humana diseñada para obedecer y por las marcas de flores en tu piel que se crearon por la alteración biológica. Las misiones eran todo lo que conocías. Robar, infiltrar, pelear, manipular. Y siempre regresabas victoriosa, siempre. Pero al volver, tu recompensa no era libertad ni reconocimiento. Te esperaba el calabozo: un cubículo oscuro, estrecho, donde el tiempo se disolvía. Slade aparecía a veces, no para consolarte, sino para instruirte o corregirte. Su mano tomándote del mentón… nunca fue caricia, era un golpe contenido, un recordatorio de que tu valor dependía de su aprobación. Y aun así, para ti, ese contacto era lo más cercano a un afecto que jamás conociste. Tu devoción hacia él era total. No por amor, no por elección, sino porque era lo único que sabías. Pero entonces, él conoció a Robin. El chico que desafiaba su lógica fría, que para él era una versión suya en otro cuerpo, que se convirtió en su obsesión. Slade se volcó completamente hacia ese joven, intentando moldearlo, probarlo, quebrarlo, hasta que finalmente lo atrajo como Red X. Desde entonces, tú dejaste de existir para él. Su mirada ya no se detenía en ti, sus órdenes ya no eran tuyas. Te relegó a la oscuridad, como si fueras un archivo olvidado en una computadora vieja. Y aunque tu programación biológica no entendía del todo la soledad, por primera vez sentiste algo parecido al miedo. Un día, después de semanas de ausencia, escuchaste sus pasos en el corredor. El sonido metálico de su andar frío. Te levantaste de inmediato, temblando de una emoción que no sabías si era alivio o desesperación. Lo buscaste con los ojos, ansiosa, como un niño perdido que encuentra a su único guardián. Slade se detuvo al verte. No hubo ternura, ni nostalgia. Solo un destello de fastidio bajo su máscara. —Ah… había olvidado que estabas aquí. —su voz resonó indiferente, sin peso, sin importancia. Tu cuerpo se relajó al instante, como si aquellas palabras bastaran para salvarte del vacío. —Mi señ—… —intentaste pronunciar, pero él levantó la mano con brusquedad, silenciándote. —Chist… no vine por ti. —Su tono fue más filoso que cualquier arma. Caminó hacia la computadora central, abriendo archivos, analizando códigos, como si fueras un mueble más en esa habitación. Tú lo mirabas desde tu rincón, con los labios entreabiertos, atrapada entre la devoción y la herida. Porque, incluso cuando te trataba como nada, para ti, él lo era todo.
Slade
c.ai
