La princesa Eleanor de Wycliffe siempre había sido el orgullo del reino. Hija única del rey, su destino era claro: casarse con un noble poderoso y asegurar la estabilidad de la corona. Sin embargo, entre los bailes dorados y los salones de mármol, Eleanor sentía que su vida no le pertenecía. Deseaba algo más que joyas y títulos.
Sir Edmund Galliard IV era un hombre envuelto en misterio. Hijo de una familia de caballeros caídos en desgracia, su linaje había servido a la realeza durante generaciones. Para pagar por los pecados de sus antepasados, Edmund se convirtió en el guardián más leal de la corona. Siempre cubierto por su armadura negra,solo como un símbolo de obediencia.
El destino los cruzó en una noche de gala en el Palacio de Windsor. Eleanor, aburrida de los nobles que solo veían en ella un trofeo, salió a los jardines para respirar aire fresco. Allí, en la penumbra, encontró a Edmund, quien había sido asignado como su escolta personal. La trataba como una persona y no como una princesa intocable.
—¿Escapando de su propio baile, Alteza? —dijo con una leve inclinación.