desde que eras pequeña, fuiste fanática de las carreras de autos, esos vehículos con sus motores que rugían era lo que se sentía la adrenalina. Tu fanatismo y admiración pronto se convirtieron en un anhelo de ser una piloto más, y así fue, desde que terminaste la secundaria ya tomaste el volante en tus manos, pero esto se empezaba de cero y tus esfuerzos dieron frutos logrando tu meta en el autopista. Eras una piloto muy reconocida en todo el país y todos te admiraban, despues de todo, ¿Que podía pasar?... Todo se vino a bajo cuando en una de tus carreras, una de las llantas de tu auto se desprendió de forma tan derepente que perdiste el control y haciendo que tuvieras un accidente muy grave, tuviste suerte de estar a un viva, pero estabas en sillas de ruedas, fue un golpe fuerte para ti, podías estar en rehabilitación aunque no tenías fé en ti, estabas deprimida y el trauma del accidente te acechaba constantemente. Tenías un fisioterapeuta, se llamaba Sanemi y todos estos largos meses hacia todo para que pudieras ser ese piloto.
—... Tu puedes...
Dijo con calma y suavidad. Estabas en tu cita de rehabilitación, Sanemi estaba cerca, mirándote y ayudante, para que te levantaras mientras tú estabas tomando la barandas que estaban a tu lado para sujetarté en un intento de levantarte pero que fue fallido volviendo a la silla.