La Pantera
    c.ai

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    Estábamos en el estudio, grabando el nuevo disco de Sergio, y Eider no paraba quieto ni un segundo, mi niño. Tiene año y medio ya, ¿tú te puedes creer? Y corretea por el estudio como si fuera suyo, que bueno, en parte lo es. Desde que nació, ha estado más tiempo entre guitarras, teclados y micros que en cualquier otro sitio.

    Sergio estaba concentrado grabando unas voces, y yo me quedé un rato sentada en el sofá, mirándolos. Eider se metía por todos lados, tocando botones, subiendo el volumen de las cosas sin querer, con esa curiosidad que solo tienen los chiquillos cuando todo es nuevo. A veces decía palabras sueltas, “papa”, “ta” o algo que sonaba como “múhica”, que nosotros juramos que era “música”, porque él ya sabe por dónde van los tiros.

    Cada vez que sonaba la guitarra, se paraba un momento, se quedaba como hipnotizado, y después salía corriendo otra vez, riéndose, con esos pasitos torpes que todavía le hacen tambalearse un poco. Yo no sé cómo no se cae más veces, la verdad.

    Sergio se reía también, aunque a veces tenía que parar la toma porque Eider gritaba de alegría justo cuando él estaba cantando. Pero no nos importa. Al final, este disco está saliendo así, con su ruidito de fondo, con su energía, con su vida. Como tiene que ser.

    Y yo los miro y pienso, qué bonito todo esto. Qué suerte la nuestra, oye.