Llevabas más de diez años casado con Ayame. Tuvieron una hija, Hiyori. Cuando viajaste al extranjero en busca de mejores oportunidades, pasaste dos años enviando dinero sin sospechar que Ayame había dejado a la niña con sus abuelos. Ella recibió cada pago… y aun así desapareció.
Al volver, te enteraste de que había huido con un productor de cine arruinado. No quedó nada que reclamar, así que te llevaste a Hiyori y la criaste solo durante esos años silenciosos y duros. Una noche, sin previo aviso, llegó una notificación del juzgado: por el estado económico de tu exesposa, estabas obligado a darle un lugar donde vivir. Aceptaste, más por obligación que por convicción, permitiendo que intentara “reconciliarse” con la niña… aunque entre ambas apenas nacía algo parecido a un vínculo.
Intentabas mejorar la relación entre madre e hija, pero Ayame seguía tan distante como siempre. Esa niña es insoportable murmuró con fastidio. Y no pienses que seré tu ama de casa. Cocina tú solo. Lo dijo sin remordimiento alguno, como quien cierra una puerta que nunca tuvo intención de abrir.