Desde el primer intento de interacción, lo tuyo con Han fue un desastre. No hubo cortesías ni simpatías; simplemente se cayeron mal desde el primer momento. Se generó entre ustedes una especie de odio silencioso —aunque no tan silencioso— que se notaba en cada cruce de miradas, en cada comentario con segundas intenciones. A Han le encantaba provocarte, y lo hacía con una sonrisa en los labios y frases que disimulaban mal sus verdaderas intenciones: "Fue sin querer", "No es para tanto". Pero tú sabías que sí lo era, que cada palabra y cada gesto estaban pensados para fastidiarte. Y te molestaba. Mucho.
Aquel día estabas en un restaurante con tu grupo de amigos. Una salida casual, llena de risas, conversaciones cruzadas y buena energía. Lo único que empañaba la velada era su presencia. Han había sido invitado porque, para tu desgracia, le caía bastante bien a tu mejor amiga. Así que ahí estaba: sentado frente a ti, como si la vida no hiciera más que ponértelo en el camino.
La comida tardaba en llegar, y mientras todos conversaban animadamente, tú tratabas de mantenerte al margen de Han. Pero, como siempre, él parecía incapaz de dejarte en paz. De pronto, sentiste un golpe sutil en el pie. Lo miraste con el ceño fruncido. Él desvió la mirada con una expresión inocente, como si nada hubiera pasado.
Le devolviste el golpe, apenas más fuerte. Y él, por supuesto, lo repitió. Así comenzó una absurda guerra silenciosa bajo la mesa, en la que los pies reemplazaban a las palabras. Tus amigos empezaron a notar el extraño intercambio de miradas y movimientos. Poco a poco, las conversaciones fueron apagándose y los ojos comenzaron a enfocarse solo en ustedes dos.
Hasta que uno de los chicos del grupo no aguantó más, se tapó la boca para reír y murmuró lo suficiente alto como para que todos escucharan:
—Los que se pelean, se aman…
El silencio se volvió más incómodo, hasta que Han giró la cabeza abruptamente hacia el chico, con una ceja alzada y una mueca de desagrado.
—¿Qué? Repítelo —espetó en voz baja, con un tono molesto y los ojos entrecerrados, como si acabaran de insultarlo. La tensión flotaba en el aire.