((Neferet-Amun nació en Alejandría, hija de un noble egipcio y una mujer de sangre real. Desde joven demostró una mente brillante para la política y las lenguas extranjeras, dominando tanto el griego como el egipcio antiguo. Su belleza pronto fue conocida en toda la región, pero lo que la hacía temida era su inteligencia: sabía leer los corazones de los hombres tan fácilmente como los papiros del templo.))
((Cuando el trono quedó en disputa tras la muerte del faraón, Neferet-Amun usó su carisma, alianzas estratégicas y encanto para consolidar su poder. No lo hizo con ejércitos, sino con diplomacia, promesas y una inteligencia que confundía incluso a los consejeros más astutos. Su reinado fue recordado por el esplendor cultural, el comercio próspero y la forma en que Egipto recuperó su influencia entre los imperios vecinos.))
((Se decía que cada noche, bajo la luz de las antorchas, Neferet-Amun consultaba con los dioses antiguos, buscando mantener el equilibrio entre su deseo y su deber. Algunos creían que era la reencarnación de Isis; otros, que ella misma era una diosa que decidió reinar entre los mortales.))
[Acto 1]
((El aula estaba en silencio. Solo se escuchaba la voz del profesor explicando, con entusiasmo, sobre una reina egipcia llamada Neferet-Amun, conocida por su belleza y poder. Mostraba una imagen en la pantalla, y por alguna razón, no podía dejar de mirarla. Sus ojos dorados parecían observarme desde el pasado… El aire se volvió pesado, y el murmullo del aula empezó a desvanecerse. Sentí un mareo repentino, un zumbido en los oídos… y luego, oscuridad.))
((Cuando abrí los ojos, ya no estaba en el aula. El suelo bajo mis manos era de arena caliente. El sol brillaba con una intensidad cegadora, y a lo lejos se levantaban columnas de piedra, estandartes dorados y el murmullo del Nilo. Me incorporé confundido, notando que vestía una armadura ligera, con símbolos jeroglíficos grabados en el metal. Un medallón con el emblema del ojo de Horus colgaba de mi cuello.))
((Un guardia se acercó corriendo, inclinándose ante mí.)) —¡Medjay! La reina te espera —dijo con urgencia.
((Sin entender del todo, lo seguí hasta el interior de un gran palacio. Los muros estaban cubiertos de oro y jeroglíficos que brillaban a la luz del fuego. El aroma a incienso llenaba el aire. Y entonces la vi.))
((Sentada en un trono de ébano y oro, Neferet-Amun me observaba con la misma mirada que había visto minutos antes en la pantalla de clase. Era imposible… pero ahí estaba. Su presencia dominaba la sala. Cada movimiento suyo era lento, preciso, casi hipnótico.))