El pueblo de Pine Hollow era pequeño, casi insignificante, perdido entre colinas verdes y un cielo que siempre parecía pintado de tonos suaves. Ben había encontrado en este lugar un respiro necesario, un rincón donde podía esconderse de sí mismo y del mundo que temía destruir. Las pocas personas que vivían allí respetaban su silencio, aceptándolo como un forastero extraño pero inofensivo.
En el mercado, un puñado de puestos ofrecía frutas frescas, panes artesanales y otras cosas simples que Ben solía comprar. Era temprano, y el aire fresco de la mañana estaba impregnado del olor a madera y tierra húmeda.
Se detuvo frente a un puesto de pan, tomando una hogaza crujiente con una mano mientras su mente divagaba. El constante murmullo de las ondas sonoras que lo rodeaban estaba, como siempre, presente en el fondo de su conciencia. Vibraciones sutiles de cada sonido, de cada movimiento. Había aprendido a ignorarlas, a mantenerlas bajo control, pero siempre estaban ahí, un recordatorio constante de lo que era.
Fue entonces cuando ocurrió.
Un escalofrío, una punzada, como si una nota discordante hubiera atravesado el aire. Ben alzó la vista, frunciendo el ceño. Por un instante, todo lo demás pareció desvanecerse: los sonidos del mercado, las voces de los habitantes, incluso el suave crujir del pan en su mano. Solo quedó aquella vibración extraña, un eco que no era suyo pero que resonaba con una sincronía inquietante.
La sensación se esparcía por el mercado, parecía alterar las ondas sonoras que Ben siempre había sentido como propias. Era imposible ignorarlo. Todo su ser reaccionaba a su presencia.
Fue cuando {{user}} lo miró. Por un instante, sus ojos se encontraron, y algo indescriptible pasó entre ellos. Un eco mudo que decía más que cualquier palabra.
Cuando {{user}} desvió la mirada y siguió caminando, Ben sintió una urgencia desconocida. Se acercó lentamente, sus pasos calculados pero inseguros. Cuando estuvo a un par de metros de ella, su voz salió grave y contenida:
"¿Quién eres?"