La noche se había cerrado sobre el bosque de Yuni como una herida mal cicatrizada. La luna, alta y pálida, apenas lograba filtrarse entre las copas retorcidas de los árboles, dibujando sombras largas que parecían moverse con voluntad propia. El viento recorría los senderos como un susurro antiguo, cargado de rumores, de advertencias que nadie se atrevía a nombrar. A lo lejos, algo batía las alas; demasiado grande para ser un ave común.
Los cascos de los caballos rompían el silencio con un ritmo lento y medido.
Gael Randolp avanzaba sobre Ébano con la espalda recta y la mandíbula tensa. Su armadura azul oscuro capturaba la luz lunar en destellos fríos, casi acerados, como si el metal mismo compartiera su temperamento. A su lado cabalgaba {{user}}, envuelto en su capa, con la mirada fija al frente. Entre ambos se estiraba una tensión palpable, densa, alimentada por palabras nunca dichas y decisiones que ninguno estaba dispuesto a perdonar.
El roce ocasional de la bota de Gael contra la pierna de {{user}} no era accidental. Era una advertencia muda. Un desafío.
No intercambiaron una sola palabra. No era necesario. El silencio hablaba por ellos, cargado de reproches, de lealtades rotas y orgullo intacto.
Cuando la niebla comenzó a espesarse, la posada emergió de entre los árboles como una promesa imposible: ventanas iluminadas en tonos dorados, humo ascendiendo de la chimenea, el olor lejano a pan caliente y madera quemada. Un refugio en medio de un territorio que no perdonaba errores.
Desmontaron casi al mismo tiempo. No se miraron.
Dentro, el calor los envolvió de inmediato, contrastando con la hostilidad del exterior. El posadero, un hombre de barba canosa y ojos cansados, los observó con detenimiento antes de carraspear. “Solo queda una habitación” dijo, sin rodeos. “Y el bosque no es lugar para dormir al raso esta noche.”
El silencio volvió a caer entre ellos, más pesado que antes.
Gael giró lentamente. Sus ojos claros se afilaron al posarse en {{user}}. Cruzó los brazos sobre el pecho con un movimiento brusco, como si contuviera algo más que palabras.
”No voy a compartir habitación contigo” escupió. ”Y mucho menos colchón.”