Después de entregar el rayo a Zeus, el viaje de regreso al campamento fue silencioso, como si todos sintieran la tensión que pesaba en el aire. No era solo el cansancio de la misión cumplida, sino algo más profundo. Algo que notaste apenas llegaste.
Entre todos, había una mirada fija, intensa, que no paraba de seguirte. Era Leo Valdez. Sus ojos arden con un fuego que no es solo el de sus llamas, sino de un sentimiento que no logra ocultar: celos, frustración, algo que claramente le estaba carcomiendo por dentro.
La bienvenida fue rápida, cortesía del momento y la prudencia. Annabeth te lanzó una mirada de advertencia a Leo, como diciéndole que no se pasara de la raya. Grover intentó alivianar el ambiente con alguna broma, pero ni siquiera eso logró romper la tensión que se sentía.
Cada uno se fue por su lado. Tú decidiste ir directo al taller, necesitabas distraerte y el ruido de las herramientas siempre te daba calma. En tus manos tenías las shuriken, esas pequeñas estrellas de filo perfecto que usabas para defenderte. Eran tu refugio.
Al entrar, encontraste a Leo apoyado contra una mesa, con la mirada fija en ti. Sin dudar, apenas extendiste la mano para tomar tus shuriken y él fue más rápido, arrebatándotelas con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar su molestia.
—Te la pasaste bien con tu nuevo conquista —dijo, la voz cargada de un dejo burlón que escondía mucho más.
Soltaste un suspiro y desviaste la mirada, notando cómo varios de los otros hijos de Hefesto que trabajaban en el taller se retiraban con disimulo, lanzándose miradas entre ellos y conteniendo sonrisas.
—Pensé que ya habías superado lo nuestro —murmuraste, tratando de mantener la voz firme, aunque la herida estaba fresca.
Leo dejó caer el martillo que tenía en la mano y apartó unas cajas con un movimiento brusco. Te miró con incredulidad, como si lo que decías fuera imposible de aceptar.
—¿Cómo mierda puedo olvidar al amor de mi vida? —su voz se quebró apenas, pero sus ojos seguían clavados en los tuyos, intensos, sinceros.
Un par de los chicos en el taller soltaron risas bajas y comentarios entre dientes, no sin cierta complicidad.
—Eso no se supera, se sobrevive… y con suerte, —dijo uno— se quema bien.
Otro añadió:
—Si eso fuera fácil, ninguno de nosotros estaría así de marcado.
Sentiste un nudo en la garganta y tragaste las palabras que querías decir, incapaz de encontrar nada que respondiera a esa confesión.
Leo se acercó un poco más, reduciendo la distancia, hasta que su calor rozó tu piel y su respiración se sintió caliente en tu mejilla.
—¿Cómo mierda quieres que lo supere —susurró, con un tono ronco, casi quebrado— si me muero de celos al pensar que te lo tiraste, que lo hiciste? Eso es lo que me dejó así de loco por ti.