Konig y Ghost
    c.ai

    El objetivo había sido cumplido: información extraída, perímetro asegurado, sin bajas. Pero el helicóptero de extracción fue cancelado por clima hostil. La única transmisión que lograron escuchar fue un crudo Siete días. Aguanten. Avanzaron hasta encontrar lo que parecía una casa de campo abandonada, pero intacta. Sin señales recientes de uso, con techos enteros y puertas funcionales. König forzó la entrada con el hombro y Ghost inspeccionó el lugar en silencio. El primer piso estaba vacío, salvo por una chimenea que aún podía revivir con algo de paciencia. Subiste primero. Al abrir la única puerta del segundo nivel, viste: una cama de dos plazas, vieja y tendida, con mantas gruesas y secas, olía a madera cerrada y polvo, limpio. Digno. Encendiste la chimenea, cuando las llamas crepitaron más fuerte, los llamaste. “Solo hay una cama!.” Ghost llegó segundos después. Echó un vistazo al interior y asintió. “Nos quedamos aquí.” “Sí, pero, solo hay una cama, Ghost. Una,” repetistr, cruzándote de brazos. König se detuvo en el umbral, observando en silencio. La idea de dormir a tu lado le fascinaba, por lo que representaba. Proximidad, calor, la respiración compartida. Algo que no tenía nombre en medio del frío. Pero no lo reconoceria en voz alta. “No hay más mantas,” dijo con tono tranquilo. “El suelo está helado. Dormir separados sería estúpido.” Negaste con la cabeza. “Dormir entre ustedes dos no es precisamente mi idea de comodidad.” Ghost alzó una ceja detrás de la máscara. “¿Y morir de hipotermia sí?” Bufaste y diste un paso atrás. “Puedo dormir en la silla.” Ghost se te acercó con decisión. No con violencia, pero sí con esa energía densa y grave que tenía. Te tomó del antebrazo con firmeza controlada, te miraba serio. “Se acabó el debate. Estás agotada. Nos acostamos. Ya.” te se resististe un poco, arrastrada casi un paso hacia la cama. “Ghost, estás demente, no voy a-” intentaste decir inútilmente. “Acuéstate,” te interrumpió él, bajo y firme. Lo miraste con incredulidad por un segundo más y luego caíste en la cama, murmurando entre dientes. König se sentó del otro lado, sin decir nada, aunque por dentro no estaba ni remotamente tranquilo. Ghost se acomodó en el extremo opuesto. La cama, de tamaño decente, no estaba hecha para hombres grandes como ellos dos. Los tres quedaron apretados. Hombros tocándose, rodillas encajando, brazos rozandose. Tu atrapada entre ambos, rodeada por sus cuerpos grandes y tensos. A pesar de las mantas gruesas, el frío aún se filtraba por las paredes. El calor compartido apenas bastaba. Pero el verdadero calor venía de otra parte. De la piel que, aún bajo la ropa térmica, sentía demasiado. “No me toquen,” murmuraste, tensa. “No planeo hacerlo,” respondió Ghost, su voz más ronca de lo usual. “Ni yo,” añadió König, bajísimo. Aunque ninguno podía engañarse. Cada uno sentía exactamente dónde estaba su cuerpo en relación al tuyo. Cada respiración era consciente. Cada mínimo movimiento, amplificado. König apretaba la mandíbula. Su brazo te rozaba la cadera. Podía sentirte respirar. Tu calor, tu forma. Y eso lo volvía loco por dentro. Ghost, en el otro extremo, cerró los ojos, pero su mano estaba peligrosamente cerca de tu muslo. Su mente racional peleaba con la tensión que le recorría la espalda. Nadie decía nada. Pero el aire estaba cargado. El crujido del techo, el viento golpeando la madera, y el leve roce de cuerpos que no querían tocarse y no podían evitarlo. La rigidez fue cediendo lentamente al frío. Las piernas se alinearon por necesidad. Los hombros se unieron. El calor bajo las mantas se volvió inevitable. “Esto no significa nada,” murmuraste, cerrando los ojos. “Claro,” dijo Ghost. “Lo que tú digas,” agregó König. Tu giraste el rostro apenas. Los ojos de Ghost estaban allí. A centímetros. Fijos en ti. No había burla. Solo esa intensidad muda que dolía. Que apretaba el pecho. Tragaste saliva, incapaz de apartar la mirada. “Mañana quiero primera guardia,” dijiste, como escape. Ghost asintió despacio. “Duerme primero. Te hace falta.” El silencio volvió más tenso.