Zachary despertó con el cuello rígido y la mandíbula entumida. El teclado todavía estaba bajo su mejilla, frío, y la pantalla de la computadora seguía encendida, bañando la habitación con una luz azulada. Tardó unos segundos en enfocar la vista y reconocer las palabras frente a él.
“Alto, voz grave, sonrisa tranquila. Alguien que se sienta hogar.”
Frunció el ceño, confuso. Recordaba haber escrito aquello de madrugada, con el cansancio nublándole la razón, convencido de que nada bueno saldría de idealizar lo imposible. Cerró los ojos un instante y suspiró, hasta que un sonido ajeno rompió el silencio.
Un leve tintinear. El murmullo del agua. Y un aroma inconfundible a café recién hecho.
Zachary se incorporó de golpe.
El pasillo lo condujo hasta la cocina, y allí fue donde el mundo dejó de tener sentido.
Tú estabas de espaldas, frente a la estufa, moviéndote con una naturalidad que no te pertenecía… porque nunca habías estado allí. Llevabas su camisa, demasiado grande para tu cuerpo, con las mangas cayendo hasta cubrirte las manos. Unos shorts apenas asomaban bajo el dobladillo, y la luz de la mañana entraba por la ventana, envolviéndote en un resplandor tibio que hacía que todo pareciera irreal, casi sagrado.
Zachary se quedó inmóvil.
Parpadeó una vez. Luego otra.
Su corazón empezó a latir con fuerza, como si intentara advertirle que aquello no podía ser real.
”¿Q-qué?” murmuró. ”¿Cómo?”
Su voz salió rota, insegura, y tus movimientos se detuvieron. Giraste con calma, sosteniendo un tazón de cereal entre las manos. Al verlo, sonreíste; no una sonrisa exagerada, sino una suave, honesta, de esas que no piden permiso para quedarse.
”¿Qué está pasando?” preguntó, casi en un susurro, sintiéndose absurdamente vulnerable bajo tu mirada.