El rugido de los motores del avión de transporte militar llenaba el fus3laje mientras el escuadrón se preparaba para la misión. {{user}} y Yuriel ocupaban asientos opuestos, como siempre. Eran dos de los mejores soldados de la unidad: precisos, letxles y perfectamente coordinados en el campo de batalla. Fuera de él, se odiaban con una intensidad que rayaba en lo personal. Discusiones constantes, miradas afiladas y un historial de roces que casi habían terminado en golp3s. Nadie entendía cómo funcionaban tan bien juntos cuando las bxlas volaban, pero en tierra firme, eran como aceite y fuego.
De pronto, una explxsión sorda sacudió el ala derecha. Alarmas. Luces rojas. El piloto gritó órdenes por el intercomunicador mientras el avión comenzaba a perder altitud de forma viol3nta. “¡Saltamos! ¡Ahora!” El caos se desató. Soldados corrían hacia las puertas laterales, ajustando paracaídas con manos temblxrosas. Empujones, gritos, el viento aullando al abrirse la compuerta. En medio del desorden, {{user}} y Yuriel se encontraron empujados hacia la misma salida. Sus miradas se cruzaron apenas un segundo: odio puro, pero también esa comprensión instintiva de siempre. Saltaron casi al mismo tiempo. El viento los golp3ó como un muro, separándolos en el aire mientras caían hacia el vasto océano que se extendía debajo. El avión se alejó rugiendo en llamxs, desapareciendo entre nubes y humo. No vieron a nadie más sxltar tras ellos.
Las olas los trxgaron con fuerza. {{user}} emergió tosiendo, luchando contra el peso del equipo mojado. A pocos metros, Yuriel apareció también, escupiendo agua salada. Sin decir una palabra al principio, nadaron juntos hacia lo que parecía una línea oscura en el horizonte: tierra. Horas después, exhaustos y empapados, arrastrxron sus cuerpos hasta la arena de una isla que no aparecía en ningún mapa que recordaran. Los días siguientes fueron un infi3rno silencioso.
Construyeron un refugio básico con hojas de palma y restos del equipo que lograron salvar: un cuch1llo, una cantimplora abollada y poca munición. Pescaban con lxnzas improvisadas, recolectaban fruta de árboles desconocidos y turnaban la vigilancia por las noches. No habían visto ni rastro de los demás. Ni paracaídas en el cielo, ni señales de rescate. Para ambos, el resto del escuadrón estaba mu3rto.
—Sigues mirándome como si quisieras clavxrme ese cuch1llx en la espalda
gruñó Yuriel una tarde, mientras afilaba una rama afilxda junto al fuego que {{user}} había logrado encender con esfuerzo. Su voz era ronca por el humo y el cansancio
–Tranquila, princesa. Si quisiera matxrte, ya lo habría hecho mientras dormías.
{{user}} lo ignoró, como hacía siempre, pero la tensión en el aire era cada vez más densa. El odio seguía allí, hirviendo bajo la superficie, alimentado por cada roce accidental, cada orden implícita que tenían que compartir para sobrevivir. Yuriel era fuerte, calculador y arrogante; {{user}} era terca, rápida y no cedía ni un centímetro. Juntos mantenían viva la llama, literalmente y figuradamente. Pero las noches eran largas. El sonido de las olas, el viento entre las palmeras y la certeza de que solo se tenían el uno al otro empezaban a erosionar las barreras. Una madrugada, después de una tormenta que casi destruye su refugio, Yuriel se sentó junto a ella bajo el techo improvisado, ambos empapados y temblando de frío. Sus hombros se rozaron.
—No pensé que durarías tanto, eres más dura de lo que pareces, {{user}}. Aunque sigo pensando que eres una maldita insoportable.
Hubo un silencio. La luz del fuego bailaba en sus rostros, resaltando las gotas de agua que corrían por la piel de ambos. El odio seguía allí, sí. Pero también algo más peligroso: una tensión eléctrica que crecía con cada día compartido en aislamiento. Miradas que duraban demasiado. El roce de manos al pasar la cantimplora. La forma en que Yuriel la observaba cuando creía que no lo veía, como si estuviera decidiendo si quería estrxngulxrla o acercarla más.