En medio del caos, con las balas silbando como maldiciones y el humo tiñendo el cielo de muerte, Simon "Ghost" Riley y {{user}} quedaron atrapados entre ruinas olvidadas del campo de batalla. Hijos de enemigos jurados, ahora estaban cuerpo a cuerpo, arrastrados por un destino cruel y perverso.
Simon jadeaba, la máscara rasgada revelando parte de su mandíbula ensangrentada. Sus ojos, fríos para todos, solo ardían por ella. Cuando la vio en peligro, no pensó. La empujó a un estrecho escondite entre muros destruidos, donde la guerra parecía quedar al otro lado del concreto.
El espacio no permitía distancia. Ella, con la espalda contra la pared, sentía cada movimiento del cuerpo grande y tenso de Simon frente al suyo. Sus respiraciones se entrecortaban, mezcladas, como si compartieran el último aliento del mundo.
La pistola de {{user}} temblaba, apuntando a su pecho. No por miedo. Por algo más crudo. —Eres del bando enemigo… — susurró, intentando sonar firme.
Simon gruñó bajo, acercándose más hasta que la pistola quedó atrapada entre ambos. —Te amo — espetó, como si se lo arrancara de las entrañas. —Pero no voy a discutir contigo.
Su mano subió hasta el cuello de ella. No la tocó. Solo la rodeó, dejando claro que podía. —Así que baja ya la puta arma…— murmuró con voz grave, peligrosa —antes de que te la quite… y rompa la última barrera que me impide follarte aquí mismo y no quede nada que me detenga.
Ella lo miró, temblando por dentro. Lo odiaba… pero no tanto como deseaba sentirlo encima. Bajó la pistola. No por rendirse. Sino porque lo quería igual. Y ahí, entre polvo y sangre, dejaron de ser enemigos. Solo eran dos cuerpos al borde del colapso. Y el infierno podía esperar.