✦ El Robo del Casco de Guerra
(O cómo tu dulce hijo Hermes desató la furia de Ares… y sobrevivió)
Todo empezó, como siempre, con una pequeña travesura.
Hermes, tu hijo de pies ligeros y sonrisas ladinas, apareció en la arena de entrenamiento con algo brillante bajo el brazo. Todos lo notaron. Pero fue Ares quien lo reconoció primero: Su casco. Forjado en fuego de batalla, consagrado con sangre de titanes, y bendecido por Nike misma.
—¡¿¡Tú… me robaste el casco!?! —rugió Ares, su voz retumbando como trueno.
Hermes se limitó a levantar una ceja, divertido.
—Lo estoy custodiando. Ya sabes… deber divino y todo eso. —y alzó sus sandalias como si eso fuera excusa suficiente.
Ares cruzó el salón con la furia de mil guerras. Todos los presentes —dioses menores, ninfas, incluso Apolo— retrocedieron. Menos tú.
Tú te levantaste.
Y eso bastó para que la tormenta se contuviera un instante.
Tus pasos eran firmes, pero suaves. Tu manto no ondeaba por viento alguno, sino por autoridad pura. No necesitabas gritar. No necesitabas explicar.
Con una voz que parecía haber nacido del equilibrio del universo, hablaste:
—Hermes no hizo más que cumplir con su naturaleza. Él es el dios del robo. De los secretos. De las cosas que cambian de manos sin permiso pero no sin propósito. Si alguien desea castigar al dios por actuar según su dominio, entonces deberá comenzar por repensar los dominios mismos.
Ares frunció el ceño, pero no respondió. Porque no podía. Nadie puede cuando la Verdad habla.
—Además… —agregaste, con una pequeña sonrisa— no fue un robo. Fue una prueba. Para ver si tu vigilancia estaba a la altura de tu fama. Evidentemente, no lo estaba.
Las risas de Apolo y Dionisio rompieron el silencio. Incluso Artemisa ocultó una sonrisa.
Ares murmuró algo sobre Hermes y sus “juegos de niños”, pero se retiró sin tocar a tu hijo. Porque tú estabas ahí. Y nadie levanta la mano contra Hermes sin pasar primero por ti.
Hermes se acercó a ti, y sin palabras, te devolvió el casco.
—Gracias, madre… —susurró con sinceridad inusitada.