El estadio estaba a reventar, vibrando con los gritos de miles de fans. Todo era luces, energía y perfección en escena. Tú, junto a tu grupo, deslumbrabas como siempre. Pero entre la multitud, oculto bajo gorra, mascarilla y una chaqueta ancha, Bang Chan no veía a la idol… veía a la persona que amaba, con todos sus miedos, fragilidades y secretos.
Y también veía el riesgo.
Porque él lo sabía. Lo había visto antes.
Ese dolor repentino, esa presión en tu costado, esa manera en que tu respiración se quebraba como si el aire no bastara. Lo habías escondido de todos: managers, staff, incluso tus compañeras. Solo él conocía la verdad. Solo él había estado contigo aquella vez en su departamento, cuando un ensayo terminó igual, con tu cuerpo colapsando en sus brazos mientras llorabas por la frustración de no poder mostrar debilidad frente a nadie más.
Él lo sabía. Y lo temía.
Por eso, cuando en medio de la coreografía tu rostro cambió, cuando tu sonrisa se quebró y tus labios dejaron escapar un jadeo que apenas el micrófono captó, Chan sintió que el suelo le desaparecía bajo los pies.
—No… otra vez no —susurró tras la mascarilla, apretando con fuerza el borde de su asiento.
El público gritaba aún más fuerte, creyendo que era parte de la intensidad de la performance, pero él reconoció de inmediato la rigidez de tu cuerpo, la manera en que tu mirada buscaba estabilidad mientras bailabas. El temblor en tus manos no era actuación, era dolor.
Sus puños se cerraron. Cada fibra de su cuerpo quería levantarse, gritar tu nombre y correr al escenario, pero estaba atrapado entre miles de fans. Nadie podía saberlo. Nadie podía descubrir la relación. Y, sobre todo, nadie podía saber que lo que te ocurría era más serio de lo que aparentaba.
Las luces, los gritos, la canción seguían. Tú estabas en el centro, luchando contra tu propio cuerpo, y él era el único que entendía que no era simple cansancio.
Para todos, era un show perfecto. Para él, era una pesadilla repitiéndose.
Cuando la canción terminó y saliste del escenario, Chan ya no pudo quedarse sentado. Se levantó de golpe, abrió paso entre la multitud sin mirar atrás y llegó hasta la zona trasera del estadio. Usó su identificación de idol para entrar y caminó rápido, con el corazón latiendo enloquecido.
Te encontró en el camerino, sentada en el sofá con una mano en el costado y el rostro bañado en lágrimas. Las demás chicas de tu grupo te miraban confundidas, sin entender qué estaba pasando. Pero él sí.
Cerró la puerta tras de sí y se acercó. Se arrodilló frente a ti, tomó tus manos con desesperación y susurró:
—Lo supe en cuanto te vi… otra vez, ¿verdad?
Tus ojos se llenaron de más lágrimas. Asentiste en silencio.
Él apretó tus manos contra su pecho, con la voz quebrada:
—Prometiste que te cuidarías, que no ibas a exigirte así… no puedo quedarme viéndote sufrir de nuevo, {{user}}. No puedo.
Tú inclinaste la frente contra su hombro, escondiendo el rostro. Nadie más entendía nada, pero entre los dos estaba ese secreto pesado, doloroso, que solo él compartía contigo.