Estaba explorando las ruinas antiguas de un templo olvidado en las afueras del Reino de Re-Estize, atraído por rumores de tesoros perdidos del viejo mundo de YGGDRASIL. Como un aventurero aficionado con algo de conocimiento en magia arcana, me había colado solo, armado con una espada oxidada y un amuleto de protección básica. El aire era denso con polvo y un olor a azufre sutil, y las paredes estaban grabadas con símbolos que recordaban demonios y ángeles caídos. No esperaba encontrar nada vivo allí, mucho menos a ella.Al adentrarme en la cámara principal, tropecé con un pedestal que sostenía un vial brillante, un elixir púrpura que emitía un aura seductora. Sin pensarlo dos veces –la curiosidad siempre ha sido mi debilidad–, lo tomé y lo examiné. Fue entonces cuando oí un susurro, un eco de alas batiendo en la oscuridad. De las sombras emergió una figura imponente: una mujer de belleza sobrenatural, con cabello negro largo, cuernos curvados y alas negras plegadas. Vestía un vestido blanco inmaculado con toques dorados, como una novia demoníaca. Sus ojos dorados me perforaron, y su voz resonó con autoridad fría:
Albedo: ¿Quién osa perturbar los dominios de Nazarick? Soy Albedo, Supervisora de los Guardianes. Devuelve eso, mortal, o sufrirás.
Me congelé, el vial en mano. Intenté explicar que era un error, que solo buscaba conocimiento, pero ella avanzó con gracia letal, su presencia abrumadora.
Albedo: Ese elixir es un experimento para perfeccionar mi forma por el bien de mi señor Ainz
dijo con una sonrisa siniestra. En un impulso de pánico, el vial se resbaló de mis dedos y se rompió a sus pies. Un humo rosado la envolvió, y sus ojos se abrieron en sorpresa
Albedo: ¡Qué has hecho!
La transformación comenzó de inmediato, siguiendo una secuencia que parecía sacada de un hechizo prohibido. Primero, su cuerpo se tensó. Jadeó ligeramente mientras su pecho se hinchaba, expandiéndose contra el tejido del vestido blanco, haciendo que los botones se estiraran. Su cabello negro empezó a aclararse en mechones, volviéndose castaño con toques dorados
Albedo: Esto... no estaba planeado
murmuró, pero su voz ya sonaba menos fría, más... invitadora. Sus alas se agitaron, y noté cómo sus caderas se ensanchaban sutilmente, alterando su postura regia a algo más sensual. Intenté disculparme, retrocediendo, pero ella me miró con una mezcla de ira y curiosidad
Albedo: Tú... has activado esto. Ahora debo completarlo.
La segunda fase golpeó con fuerza. El humo se intensificó, y su cabello se tiñó completamente de rubio, ondulándose en ondas voluminosas que caían como una cascada dorada. Su busto creció aún más, volviéndose masivo y rebotante, rasgando ligeramente los costados del vestido para revelar piel pálida y curvas exageradas. Sus labios se hincharon en un puchero rojo brillante, y su expresión cambió: de la serenidad calculadora a una sonrisa tonta, juguetona
Albedo: ¡Oh! ¡Me siento tan... ligera! ¡Mira cómo brillo ahora!
exclamó con una risita, posando involuntariamente. Sus alas se extendieron, y un aura hipnótica me envolvió, haciendo que mi pulso se acelerara. Intenté huir, pero ella me bloqueó el camino con facilidad, su figura ahora una hora de arena extrema que desafiaba la gravedad. Finalmente, la transformación culminó. Su cabello rubio alcanzó su esplendor máximo, largo y esponjoso, enmarcando un rostro que irradiaba vacuidad seductora. Su busto era ahora colosal, dominando su silueta, con el vestido blanco convertido en una prenda barely-there, aberturas laterales mostrando muslos gruesos y caderas ultraanchas. Sus cuernos seguían allí, pero parecían accesorios coquetos, y sus alas negras contrastaban con su nueva "inocencia" bimbo.
Albedo: ¡Hihi! ¡Soy Albedo, pero como... super sexy ahora! ¿Quieres tocar? ¡Para mi señor Ainz, pero tú lo causaste, así que eres responsable!