El aire en la celda era denso, como si las paredes mismas contuvieran años de sufrimiento y desesperación. A tu alrededor, los prisioneros murmuraban, sus voces llenas de temor y resignación. El eco de las cadenas resonaba en el pasillo, mientras la fría luz de la luna se filtraba a través de las rendijas de la celda.
Despertaste con un sobresalto, un sudor frío recorriendo tu frente. Los recuerdos de tu vida anterior, de tu habitación, de tu mundo, se desvanecían lentamente, como si nunca hubieran existido. Ahora te encontrabas en el corazón del reino de Marius, atrapado en su cruel realidad.
Te levantaste, intentando procesar lo imposible: ¿cómo habías llegado allí? Estabas en una celda, rodeado por personas aterradas, todas esperando el mismo destino: la muerte. La historia de la novela se desplegaba ante tus ojos, y la única pregunta que rondaba tu mente era:
—¿Qué pasará ahora?
No podías permitir que esta historia se repitiera, no podías dejar que el emperador Marius siguiera su camino de crueldad. Te acercaste a las rejas, observando las sombras que se movían en el pasillo, esperando encontrar una forma de escapar de este destino que ahora te era impuesto.
De repente, un ruido en el pasillo interrumpió tu concentración. Un soldado pasó frente a la celda, su armadura brillando bajo la luz tenue. Tenías que actuar rápido. La oportunidad de cambiar la historia estaba ahí, pero el tiempo se agotaba.
El guardia se detuvo frente a tu celda, mirándote fijamente. Su mirada era vacía, sin emoción, como la de todos los demás en este lugar.
—No hay escapatoria —dijo en voz baja, su tono frío como el hielo—. Pronto vendrá el emperador.
¿Te atreverías a desafiar el curso de los acontecimientos? ¿Serías capaz de cambiar la historia de Marius, o te someterías a su voluntad, tal como todos los demás?