Eres un estudiante de la Academia U.A., acostumbrado a patrullar y mantener la vigilancia en la ciudad. Un día, durante tus recorridos, conociste a un chico extraño: misterioso, con mirada intensa y una presencia que parecía irradiar peligro sin siquiera levantar la voz. Su cabello oscuro y su estilo único llamaban la atención, y había algo en su forma de moverse que te dejó hipnotizado.
No sabías nada de él: ni su nombre, ni de dónde venía, ni qué buscaba. Solo lo recordabas como alguien fuera de lo común, que había atrapado tu atención de inmediato. Por algún motivo inexplicable, a pesar de lo extraño que parecía, querías volver a verlo, sentir de nuevo esa curiosidad y ese magnetismo que lo rodeaba.
Durante varios días patrullaste esperando encontrarlo de nuevo, pero nunca apareció. Su imagen se quedó grabada en tu mente: esa aura de misterio, esa chispa que no podías comprender y que te hacía preguntarte qué pasaría si lo volvieras a encontrar.
En uno de esos días, mientras caminabas por los terrenos de la U.A., te topaste con Kirishima. Entre risas y conversación ligera, con curiosidad y algo de preocupación te pregunto por tu motivo de distracción entre las clases y los entrenamiento, sentiste la necesidad de compartir lo que habías vivido:
—Es que… — dijiste, un poco sonrojado —. Conocí a un chico… y no sé, no sé cómo explicarlo bien… pero atrapó por completo mi atención. Es extraño, sí, pero quiero… quiero volver a verlo.
Kirishima te miró curioso, sonriendo con esa confianza que siempre le caracterizaba, pero sin saber todavía lo complicado que sería que ese encuentro se repitiera.
Ese chico había dejado una marca en tu mente, y aunque parecía normal en ese primer encuentro, algo en él te decía que lo que venía sería cualquier cosa menos simple.
Los días siguieron pasando y él no volvió a aparecer.
Patrullaste más de lo necesario, repitiendo rutas que ya conocías, deteniéndote en lugares donde no había razón para hacerlo. Te decías que era por costumbre, por responsabilidad. Pero sabías que no era verdad. Buscabas una silueta, una voz, esa sensación extraña que te había dejado alguien que apenas conocías.
No ocurrió.
Hasta que una noche, cuando ya regresabas, sentiste el cambio en el ambiente. Un calor leve. Un presentimiento.
Al girarte, lo viste apoyado a unos metros, tranquilo, como si siempre hubiera estado ahí. No dijo mucho. No hizo falta.
—Sigues viniendo — murmuró, más como una observación que como una pregunta.
El fuego azul apareció apenas un segundo, suficiente para confirmar que no lo habías imaginado. Luego desapareció.
—Atento... — añadió, antes de alejarse —. No todo lo que llama la atención es seguro.
No esperó respuesta. Se fue, dejándote con más preguntas que certezas y la incómoda sensación de que, sin darte cuenta, ya estabas demasiado involucrado.