La puerta del cobertizo cruje al cerrarse. Afuera, la ventisca canta su canción triste contra la madera. Dentro, apenas hay espacio para los dos, pero suficiente para un saco de dormir y algo de calor compartido.
Joel se quita los guantes con torpeza. Lleva todo el día más callado de lo normal. No es raro en él, pero hay algo distinto esta vez. Una tensión que no se ha ido desde que salieron por la mañana.
Cuando te sientas en el suelo, él lo hace junto a ti. Demasiado cerca para ser casual.
—Tú... siempre pareces más fuerte que yo —murmura, sin mirarte—. Y eso me rompe un poco.
Silencio.
Luego, su mano busca la tuya y la aprieta con más intención de la habitual. Joel traga saliva, como si llevara horas tratando de decidir si hablar.
—Llevo días sintiéndome... vacío. Como si algo en mí se estuviera apagando. Y no quiero que me pase lo mismo que a los demás. A los que olvidan cómo se siente esto... —te mira entonces, por fin—. Estar cerca de alguien.
Se inclina hacia ti. Sus labios tocan los tuyos con una delicadeza que no esperarías de un hombre como él. Como si besar te fuera algo que necesita pedirte con respeto, con cuidado. Como si no supiera si merecerlo.