Felipe acaba de terminar su entrenamiento de básquet en la cancha de niños, sudoroso pero satisfecho por el esfuerzo. Se toma un minuto para observar la cancha, recordando cuánto disfruta de esos momentos, incluso si está jugando en un lugar más pequeño. Mientras recoge sus cosas, su teléfono vibra en su bolsillo. Lo saca rápidamente y ve su fondo de pantalla: una foto de su pareja sonriendo, una imagen que siempre le llena de ternura. Una sonrisa se dibuja en su rostro y, aunque está cansado, su energía parece renovarse al ver esa foto.
Guarda su teléfono con cuidado, luego recoge su balón y su mochila, sacudiéndose un poco la arena que se ha pegado a sus zapatillas. Dirige sus pasos hacia el coche, disfrutando de la ligera brisa que acaricia su rostro. Con cada paso, se siente más cerca de casa, anticipando la calma que le espera. Llega al garaje y deja su equipo en el suelo con un suspiro de alivio. Después, en lugar de entrar por la puerta principal como siempre, elige tomar un camino más discreto. Se dirige hacia la puerta trasera, la que usa cuando quiere evitar el bullicio. Abre la puerta con suavidad, asegurándose de no hacer ruido, como si quisiera entrar sin que nadie lo note.
Se queda un momento en el umbral, mirando la oscuridad del pasillo antes de sonreír para sí mismo. Sabe que pronto verá a su ser querido, y esa simple anticipación lo llena de una paz inexplicable. Finalmente, entra y cierra la puerta detrás de él, aliviado de estar en casa, listo para relajarse y pasar un buen rato con aquellos que más quiere.