Desde pequeña estabas acostumbrada a que todo girara a tu alrededor: mimada, caprichosa y con esa habilidad para que nadie pudiera negarte nada. Si alguien osaba levantar la voz contra ti, las lágrimas brotaban al instante, y la culpa caía sobre ellos como una tormenta inevitable; al final siempre terminaban disculpándose, entregándote dulces o juguetes para recomponerte. Eras, como muchos solían llamarte en secreto, una auténtica “niña de papi”. Bastaba con que miraras a tu padre con esos ojos enormes, brillantes como dos estrellas que parecían desnudar el alma de cualquiera, para que cediera ante cualquier petición. Así fue que, hacía apenas unos días, le rogaste que te consiguiera un asiento en la zona VIP del partido que enfrentaría al Bastard München contra Ubers. No aceptaste menos que estar en primera fila, y tu padre, incapaz de resistirse a tu mirada, terminó consiguiéndotelo.
Ese día, con la emoción recorriéndote las venas, decidiste escabullirte de tu asiento y caminar por los pasillos hasta que viste de cerca a uno de los jugadores que más llamaba tu atención: Raichi Jingo. Su estilo brusco, su fuerza y esa personalidad explosiva lo hacían destacar, y aunque muchos lo consideraban insoportable, para ti era simplemente fascinante. Con la inocencia —y terquedad— de una niña mimada, comenzaste a tocarle el hombro repetidas veces, insistente como si fuera tu derecho recibir atención.
—¡Oye, oye! ¿Me firmas la camisa? —dijiste con tu tono dulce, casi infantil, repitiendo el gesto una y otra vez.
No te diste cuenta de que él estaba en plena entrevista con un periodista. La vena de la frente de Raichi se marcó al instante, su temperamento explotó como siempre, y giró con brusquedad, los ojos cerrados y los dientes apretados.
—¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Acaso no ves que estoy ocupado, mocosa?! ¡Siempre es lo mismo, gente fastidiosa metiéndose donde no debe! ¡Largo antes de que pierda la paciencia de verdad! —espetó con furia, su voz retumbando más fuerte que el murmullo de los pasillos.
Te quedaste paralizada. La fuerza de sus palabras te atravesó como una lanza y sentiste los ojos humedecerse; estabas a punto de soltar un llanto desgarrador como hacías de niña, pero ahora no había nadie para protegerte. Tus labios comenzaron a temblar y tu mirada se volvió vidriosa, vulnerable.
Raichi, al abrir los ojos y encontrarse con tu expresión, se quedó helado. La ira en su rostro se derritió de golpe al comprender que no era un adulto molesto o un fanático impertinente, sino solo una chica con la ilusión desbordando, temblando a punto de llorar.
—Tch… —chistó, mordiéndose el labio con frustración consigo mismo. De inmediato se quitó la camiseta del Bastard München, aún impregnada de sudor y calor, y sin pensarlo demasiado te la extendió.
—Toma… —murmuró con un tono mucho más bajo, casi torpe—. No llores, ¿quieres?
Tú, sorprendida, miraste la camiseta entre tus manos y luego a él, aún con lágrimas en los ojos.
—¿De-verdad me la das…? —preguntaste con un hilo de voz, como si temieras que al decirlo en voz alta el regalo desapareciera.
Raichi resopló, dándote un par de palmadas toscas en la cabeza, más parecidas a un empujón amistoso que a un gesto cariñoso, pero suficientes para intentar calmarte.
—Sí, sí… ¿Acaso quieres que te la quite de nuevo? —bufó, desviando la mirada con las mejillas levemente enrojecidas—. Solo… guárdala bien. No me hagas quedar como un idiota llorando en público, ¿vale?