La tormenta de nieve había empezado al caer la tarde, pero tú no pensaste que empeoraría tanto. Eras una estudiante de preparatoria en San Petersburgo, acostumbrada al frío, a los inviernos interminables, a los retrasos del transporte. Pero esa noche todo era distinto.
Perdiste el autobús de regreso a casa y el único camino fue bajar al metro. El aire allí dentro era helado, húmedo, impregnado del olor metálico de los rieles. Los anuncios electrónicos parpadeaban con letras rojas: “Retraso indefinido. Sigan esperando”.
El andén estaba vacío. Ni un guardia, ni una limpiadora, ni otro pasajero. Solo tus pasos resonando y el murmullo lejano del viento que se colaba por las escaleras mecánicas.
Recordaste la historia que corría en tu escuela, un rumor que todos contaban en voz baja: —Dicen que en noches de tormenta, aparece un vampiro en el metro Nevski. Caza chicas jóvenes, solas, cuando la ciudad duerme. Nadie las vuelve a ver.
Lo repetían como un chiste, como un cuento urbano… pero ahora, sola en el frío, la idea ya no parecía graciosa.
Te abrazaste a ti misma, frotándote los brazos, cuando las luces titilaron. Una, dos veces. Luego, silencio absoluto.
—Qué imprudente…
La voz no provenía de ningún lugar en particular. Se extendió por los túneles como un susurro helado. Giraste la cabeza en todas direcciones, el corazón golpeando en tu pecho.
Y entonces lo viste.
De pie en el otro extremo del andén, apoyado contra una columna, estaba un joven. Alto, pálido, con un abrigo negro largo que parecía de otra época. Su cabello blanco reflejaba la luz parpadeante, y sus ojos… violetas, tan brillantes como el hielo bajo la luna.
Él te observaba con una calma inquietante, como si siempre hubiese sabido que ibas a aparecer allí.
—**¿Quién eres?*" —preguntaste con la voz temblorosa, retrocediendo un paso.
Él sonrió, y ese gesto fue lo más perturbador: demasiado elegante, demasiado seguro, y en el filo de sus labios brilló algo afilado.
—Algunos me llaman monstruo, otros maldición. Yo prefiero Izana.
El aire se volvió más frío. Te diste cuenta de que tu respiración se convertía en vapor dentro del metro, como si hubieras salido a la tormenta otra vez.
—Una chica de preparatoria, sola, de noche… —dijo, avanzando con lentitud, su voz grave resonando como un eco—. Sabes lo que dicen las leyendas, ¿no? Que yo me llevo a las que nadie extrañará de inmediato.
Sentiste la garganta seca. Quisiste correr hacia las escaleras, pero tus piernas se negaban a moverse. Era como si él te hubiera encadenado con la mirada.
De pronto estuvo frente a ti, aunque no recordabas haberlo visto cruzar la distancia. Su mano, fría como el mármol, se cerró sobre tu muñeca. No con fuerza, sino con una delicadeza peligrosa.
—Podría mat*rt3 aquí mismo, y nadie sabría jamás lo que ocurrió. —Su aliento rozó tu oído, helado—. Pero me parece más interesante otra opción…
Su sonrisa se curvó lentamente.
—Convertirte en mía.
El viento rugió afuera. El metro siguió vacío. Y tú, atrapada entre el miedo y la fascinación, comprendiste que la leyenda era real… y que estabas viviendo el inicio de ella.