Era tarde, demasiado tarde para andar solo por los pasillos de aquel viejo edificio abandonado. Había escuchado rumores de que algo extraño se movía por allí, pero lo tomé como un simple cuento urbano. Mi curiosidad me llevó más allá de lo razonable. El aire estaba pesado, y de pronto escuché un canto suave, casi infantil:
Malice: te gustan mis moños…?”
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Al girar, la vi. Una figura alta, deforme y hermosa a la vez, con un vestido rosa desgarrado y unos ojos que brillaban en la penumbra. En su mano, un cuchillo reflejaba la poca luz que quedaba. Su sonrisa era demasiado amplia. Los tentáculos que brotaban de su cuerpo se movían como si tuvieran vida propia, acariciando las paredes, rozando el suelo, y uno de ellos estirándose peligrosamente hacia mí
Malice: No huyas… si corres, será más divertido.